A veces me lo pregunto, cuándo voy a ser “merecedora” finalmente de tal denominación. ¿Qué es lo que hace a un artista? ¿Hay una serie de requisitos que hay que cumplir, una to-do list para conseguir sacarse el pasaporte del gremio?
Para mí ser artista significa usar este medio para procesar la vida: los procesos, la pérdida, los cambios, la cotidianeidad.
En el arte encuentro una manera de habitar la incertidumbre teleonómica de la vida, el no saber la causa ni el fin de nada. El constante fluir de personas y acontecimientos que a ratos resulta abrumador, el arte lo hace un poco más ligero.
Este a su vez te permite regozijarte en instantes, sonidos, sentimientos, frustraciones, cuerpos, poniendo una romántica distancia sobre la vida y parando el motor un instante, en un breve paréntesis en el que el tiempo y la realidad te pertenecen y puedes hacer con ello absolutamente lo que te plazca.
Y tarde o temprano, a su momento, nace un resultado o proceso que te pertenece y a la vez no. Dominas el arte y a su vez este te domina a ti. Y esa serie de dinámicas y miradas por el camino te enternecen, te hacen consciente de la banalidad de lo que nos rodea, de la crudeza del proceso.
Lo que haces lo haces para ti, pero a la vez íntimamente deseas que esos pequeños fragmentos de ti algún día se inserten como esquirlas en alguien más, y que poco a poco se acabe formando un mural con esos pedacitos de ti que alguna vez ese alguien ha interpretado, amado u odiado, entregando de vuelta otro pedacito de sí mismo y devolviendo así la esquirla encarnada manchada, usada y resignificada. ¿O no es parte esencial de una obra y un artista el amasijo de opiniones, interpretaciones y contextos que los rodean?
De ahí que otros argumentos sostengan que al artista lo hace el espectador, haciendo del merecimiento de la mirada del otro el cúlmen autodenominativo del artista. ¿Es el arte el proceso mediatizado de la mirada? ¿Es la mirada un acto político, un derecho?
Todo con el fin último de introducirse en alguna conversación, que alguien se acuerde de lo que alguna vez sintió por algo que salió de ti.
Qué profesión tan íntima.
Y uno puede llegar a pensar en lo agotador de esta a su vez, de cómo entregarse una y otra vez, y fragmentarse, y fragmentarse sin fin podría llegar a reducir al emisor a piezas tan minúsculas que podrían ser metidas en un caleidoscopio para generar un nuevo universo paralelo de luces.
Todo para someterte deliberadamente a un proceso personal de deconstrucción y reconstrucción de tu identidad, y a otro colectivo que pretende dilucidar tu reflejo a través de las opiniones ajenas, muchas veces borrosas y cambiantes.
Todo sin tener en cuenta el factor precariedad. ¿Eres artista de verdad cuando empiezas a vivir de ello, cuando has conseguido insertar tu marca personal en la rueda mediática cultural? Porque vamos bien si es así, ¡cómo está el patio! Pero eso da para otra columna entera.

