Triángulo de Amor Bizarro llevan veinte años demostrando que el ruido también puede ser un marco teórico: una forma de ordenar las ideas a base de volumen y de convertir la canción pop en un artefacto incómodo. En “Mi Catedral”, su nuevo disco, amplían el territorio TAB hacia un lugar donde lo mítico, lo político y lo íntimo no compiten, sino que se contaminan. La banda sigue hablando del poder, del control y de la memoria, pero ahora desde una idea central más nítida: la necesidad de construir espacios propios cuando todo alrededor parece diseñado por otros.
El título no alude a una catedral cristiana ni juega a la iconografía religiosa como reclamo fácil. TAB son especialmente críticos con esa estética espiritual convertida en estrategia de marketing. Aquí la “catedral” es otra cosa: es la construcción social que levantamos para sentirnos a salvo, la comunidad que nos sostiene, el microestado emocional donde decidimos las reglas. El disco entero está atravesado por esa pregunta: ¿dónde pertenece uno cuando el mundo se vuelve hostil?
Suena a Galicia, sí, pero no como paisaje ni como postal. Lo folclórico aparece como energía viva, conviviendo con una obsesión contemporánea por las formas de control: la hipervigilancia, el dato, la autoridad que ya no necesita imponerse a gritos. Si el capitalismo reclama la experiencia humana como materia prima gratuita, “Mi Catedral” convierte esa idea en sonido: canciones que escuchan el mundo como si fuera una sala llena de cámaras y que deciden cantar desde el punto ciego, desde el lugar donde todavía es posible no ser leído del todo.


El álbum abre con “Dioses digitales”, una balada a piano solo, casi emo, que parece conceder un minuto de fragilidad antes de endurecerse. Después revienta en puro rock y deja clara la tesis del disco: devoción por la interfaz, fe en la pantalla, dependencia emocional convertida en rutina. TAB no escriben sobre Internet; escriben sobre lo que Internet hace con la psique humana. La vieja idea de que acabamos pareciéndonos a las herramientas que construimos.
Desde ahí, el disco salta de nodo en nodo como si recorriera una ciudad en ruinas. “Ojos” es el espejismo pop: el gancho más luminoso del álbum, con un fondo grunge y una voz situada lejos, como un recuerdo que no termina de volver al foco.La nostalgia aquí no es querer volver atrás, sino comprobar que se puede sentir con la misma intensidad aunque el cuerpo ya no sea el mismo.
En otra esquina aparece la cruzada. “Odio a mi generación” recupera el filo más directo de su etapa más combativa,pero con el objetivo ensanchado: no es un ajuste de cuentas generacional, es una negativa a acomodarse. La rabia no es postureo; es una forma de higiene. Esa tensión se vuelve más introspectiva en “Media vida”, donde Rodrigo toma el primer plano en un registro cercano al spoken word: el tiempo perdido como una cola interminable, la vida convertida en trámite administrativo.
El disco encuentra su cámara lenta en “BBBVA”, a medio camino entre el trip-hop, el ambient arpegiado y el indie pop, donde la distorsión no adorna la canción sino que la envuelve moralmente. Y cuando parece asentarse en esa bruma, irrumpe “Matar a un rey”, la pieza más frontalmente política: base de indie dosmilero, voz espectral que proclama que “el mundo se cae a cachos” y una irrupción de free jazz que sabotea la estructura desde dentro. La radicalización aquí no es eslogan, es forma.


En el centro conceptual está “Mi Catedral”, donde el pulso se vuelve más regular y ceremonial. Teclados amplios, claridad melódica y una afirmación de soberanía que no suena grandilocuente, sino necesaria. La banda como comunidad mínima. Como construcción ética. Como lugar donde ensayar una utopía a escala humana.
Pero el disco no se queda en lo abstracto. En su tramo final aterriza con “Patatrenca”, memoria escolar, autoridad católica de la vieja escuela y venganza colectiva como gesto fundacional. Y se cierra con “Sacrificio”, conjuro nocturno donde las meigas y la niebla no funcionan como decorado, sino como fuerza activa. Entre medias, “Si pudiera aparecer” recuerda que detrás del concepto hay músculo: una balada con guitarra española cantada desde la voz de un fantasma (o de alguien que se siente fuera del mundo), con la guitarra sonando como una ambulancia pidiendo auxilio.
En conjunto, “Mi Catedral” no es un disco sobre la fe, sino sobre la pertenencia. No es un álbum que explique su tiempo; es uno que lo atraviesa construyendo un espacio propio dentro de él. Y ahí está la paradoja TAB: cuanto más áspero suena el mundo, más urgente se vuelve levantar algo que podamos llamar nuestro.



