Proyectada en la reciente edición del Atlántida Film Fest, Castration Movie irrumpe como una obra antológica monumental e inabarcable que supera las doce horas de duración, las cuales fueron repartidas en tres estoicas sesiones matutinas. Tras germinar en los márgenes de internet y coronarse en plataformas como Letterboxd como la gran joya oculta de 2025, la colosal epopeya escrita, dirigida (y en ocasiones protagonizada) por Louise Weard fue proyectada en el espacio Es Baluard dinamitando cualquier expectativa del público presente. Esta transgresora serie de películas de corte posmoderno radiografía las identidades trans, la subcultura incel, el trabajo sexual y el aislamiento tecnológico contemporáneo desde un tratamiento fílmico puramente manual y crudo sin resultar, ni por asomo, menos cinematográfico.
El grano y la textura de la baja definición se usan a través de toda la antología como una consistente declaración de intenciones. Lejos de suponer una limitación técnica impuesta por la precariedad, su uso responde a una voluntad consciente que su propia creadora abraza para articular toda una estética de la otredad. En una actualidad asfixiada por el virtuosismo visual, las emulaciones del analógico y la normalización de un canon estético muy depurado, Weard empuña una vieja videocámara Hi8 familiar como un arma para reclamar un espacio propio para las realidades no normativas. Esta decisión estética identifica el estilo de su creadora y se relaciona directamente con la exposición de realidades disidentes no hegemónicas; existencias que resultan profundamente incómodas de digerir para el espectador cis burgués heteronormativo. Weard las plasma en pantalla con una crudeza orgánica que se niega a pedir disculpas por su impureza, desplegándose de forma frontal y sin edulcorantes.

Las secuencias tienden a desplegarse a través de planos secuencia de larga duración, sin apenas cortes, cediendo el desarrollo de la acción y el diálogo a una coreografía de los actores con la cámara, siempre sostenida en mano. Así, la directora rechaza por completo el estatismo del trípode y transmuta la cámara en un ente vivo. El dispositivo se convierte en un personaje más que respira, tiembla y duda dentro de la acción; una presencia viva que se pasea, observa, orbita a los personajes, enciende las luces y llega incluso a ser reconocida por los ojos de los propios personajes. Cediendo la videocámara a los miembros del equipo con menor experiencia técnica, la directora despoja a su obra de cualquier artificio profesionalizado. Este gesto colaborativo propicia una ligereza formal y un realismo casi infantil en su enfoque, generando un punto de vista orgánico que depende de su operador, pero que resulta eminentemente voyeurista; una mirada que arrastra al espectador a contemplar y, por ende, a experimentar en carne propia todo lo que el objetivo quiera atrapar. Somos forzados a habitar físicamente el mismo espacio asfixiante donde estallan orgías, se producen los maltratos, discusiones y donde acompañamos a los personajes a través de sus laberintos personales. Es precisamente esta vulnerabilidad radical la que, cohesionada por una dirección de actores puramente instintiva y por el frenetismo torrencial de sus diálogos, dota a la antología de un ritmo magnético y arrollador, logrando el hito de que su mastodóntica duración se evapore ante nuestros ojos.
Esa vulnerabilidad formal es el vehículo de abordaje para aproximarse a la verdadera naturaleza de sus protagonistas: personajes controvertidos y, en muchas ocasiones, moralmente reprobables. La empatía que exige Weard no nace de la idealización, sino de reconocer nuestra propia oscuridad en el caos ajeno. Para aproximarse a la naturaleza humana, la directora se niega a fabricar disidencias asimilables o víctimas perfectas “queerfriendly”. A través de planos secuencia, la cámara convive con arquetipos rotos que operan desde el dolor, el resentimiento o el egoísmo. Lo observamos en Turner (Incel Superman), un asistente de producción que justifica su mediocridad abanderándose en la otredad de la cultura de Superman, para ejercer un cruento maltrato psicológico, culminando su patético descenso a los infiernos masturbándose entre llantos en la oscuridad. O en la propia Michaela (Traps Swan Princess), una trabajadora sexual trans llena de aristas y toxicidad en su búsqueda del control sobre su vida, sus vínculos, su maternidad y su cuerpo.

La antología alcanza su cénit formal, narrativo y conceptual en el tercer capítulo, Polygon!!!! Heartmoder, adscrita por su propia creadora en el género de terror. Rodada íntegramente en Nueva York, separada en dos partes, trata el abordaje sobre las dinámicas de poder y la alienación abrazando el cine del exceso, tanto en lo visual como en lo sonoro -que crea reminiscencias a autores como Lars von Trier, Yorgos Lanthimos o Leos Carax- para sumergirnos en el frenesí de «Polygon», una secta transfeminista separatista que adora a una inteligencia artificial corrupta. En ella, Weard expone la ironía resultante de cómo las comunidades oprimidas y los supuestos guetos de disidencia acaban reproduciendo roles familiares estereotípicos, jerarquías idénticas y dinámicas de abuso de poder.

Todo este submundo se sostiene sobre un tratamiento de la imagen, de nuevo, apoyado en planos secuencia que capturan las parlamentos recriminatorios de la secta, sus prácticas sexuales, y sus cruentas prácticas. Mientras tanto, las confesiones de los miembros de la secta a la interfaz tecnológica se resuelven con un uso de una webcam montados entre fundidos.

A nivel de género, la película germina en el terror psicológico inicial para terminar desembocando en un terror mucho más visceral. En su segundo acto, la cinta muta hacia las constantes de una obra en la que todo sucede en una sola noche -un One Night Stand al más puro estilo de ¡Jo, qué noche! (1985, Martin Scorsese)-, cuando la protagonista, Circle, escapa hacia la madrugada de Bushwick. Esta segunda mitad deviene en una suerte de road movie urbana, y la cámara en mano sigue incesantemente a sus personajes por las calles, como ya venía siendo costumbre. Es entonces cuando, en un momento concreto, se realiza una coreografía de cámara para a través del uso de la pantalla partida: los “aires de mirada” de dos personajes permanecen invertidos, dándose la espalda en encuadres separados, hasta el segundo exacto en que surge el enamoramiento y las cámaras panean para enfrentarlos visualmente.

Su periplo culmina con un funesto regreso a la residencia del culto, donde es atacada, coaccionada y degradada socialmente. Finalmente interviene Keller, «ex-no binaria» que la salva y la convence de destransicionar, cortándole el pelo antes de abandonar Brooklyn juntas. Lo que a ojos del espectador cisgénero podría disfrazarse de un «final feliz» -el rescate de una víctima abducida por una “secta trans” – encierra, en realidad, el verdadero y espeluznante remate terrorífico de la experiencia transgénero: la asimilación normativa.
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Fotografía interior de: Hybris, I. (2023). Mutantes y divinas. Kaótica Libros.
Circle es absorbida por una maquinaria normativa que anula su identidad. En lugar de abrazar su disidencia y resistirse a la asimilación social, Circle acaba rindiéndose a ella. Este fatal desenlace demuestra que el verdadero terror contemporáneo radica en el triunfo de un sistema capitalista que busca homogeneizar las identidades para desactivar su potencial político. Como ilustra la obra de Ira Hybris, la exigencia de «normalidad» es un mecanismo de control que amputa las vías hacia el colectivismo y la resistencia solidaria que abre la existencia queer y trans. Tratando de convencer a la protagonista de que borre quién es para encajar en el molde, la película sentencia que la asimilación individual no es una salvación, sino la trampa definitiva. Presentada en primicia en Mallorca tras su paso por festivales como el Fantasia International Film Festival y el Frameline de San Francisco (epicentro mundial del cine queer), Junior Ghosts—Premorphic Drift opera como una cruda radiografía del fracaso comunicativo. Para ello, la obra abraza de nuevo el cinema verité de sus primeros capítulos, apostando por una puesta en escena mucho más contenida. Renunciando al exceso formal de la entrega anterior, Weard delega ahora toda la potencia del relato a la narrativa y a una descarnada dirección de actores para lograr un único objetivo: desarmar la hipocresía del aliado progresista.


