Sentimos una especie de fascinación por el agua, la cual el ser humano puede percibir como experiencia sublime, evasión de la realidad, silencio ralentizador o peligro desconocido. En el agua, el cuerpo humano comprueba su propia torpeza, la piel se empieza a arrugar con el paso del tiempo; hay una biología imperante de nuestra debilidad frente la masa líquida que; sin embargo, nos recoge como un abrazo que pesa sobre los hombros, una compañía en movimiento.
Lidia Yuknavitch encontró en el agua su reposo como lugar de huída. En ella, identificó la totalidad de lo corpóreo como exclusivamente suyo; caos deslizante y cloroso en su retorno –siempre a regañadientes– al mundo real. Estas son las memorias que ilustra Kristen Stewart en su recién publicada película La cronología del agua, presentada en el Festival de Cannes y llegada a los cines este enero.
Como un pastiche de recuerdos borrosos y alcoholizados, editados en la propia mente; la directora nos muestra imágenes fluidas de solidez vaga que nos introducen en los ruidos, sentimientos y texturas de nuestra protagonista mucho antes que en los acontecimientos que vivió. Los planos presentan un detalle íntimo y poroso, de piel demasiado cerca y cuerpos femeninos sin nada que esconder. El uso del sonido es magistral permitiendo dar lucidez a la abstracción de las imágenes y escuchar como lo haría una niña con los ojos cerrados desde su habitación. Latigazos de acero y portazos crueles que revelan lo que ambas hermanas vivieron en esa casa.
Abusadas sexualmente por su padre, la hermana mayor Claudia –personificada por Thora Birch–; huye en cuanto puede cargando con la culpa de dejar a su hermana menor en la casa familiar con poca escapatoria. La madre de ambas, alcohólica con poca libertad de acción, tampoco presenta un pilar de apoyo. Sin embargo, a Lidia Yuknavitch se le abre una vía de liberación: el agua. Más bien, su talento excepcional para moverse en ella.
Con un desarrollo vital marcado por la fractura, la actriz Imogen Poots personifica los sufrimientos e impulsos de Lidia con una sinceridad cruda. El desorden de la cronología vital se empieza a construir entre esas imágenes lumínicas y enfurecidas, permitiendo comprender la rabia de la juventud de la protagonista que, poco a poco, se transforma en una impotencia contenida y una falta de autocontrol hiriente, para ella y para quienes la rodean.
El cuerpo femenino, aunque abusado y violentado, es recuperado como medio de disfrute propio, en su sensualidad líquida y su capacidad de abrirse a lo externo con una magia impredecible. No obstante, los dolores de la niñez y la pubertad adolescente se muestran como un factor inamovible del crecimiento y la construcción de la identidad de Lidia – y por extensión, de todas las mujeres –. Como cuerpos sangrantes, sufridores y descontrolados; la materialidad orgánica no parece siempre obedecer la voluntad. Simultáneamente, para nuestra protagonista, el cuerpo es una experiencia de placer pero también de daño, ejercido por otros y por sí misma, manifestándose estos sentimientos en conductas autodestructivas y en una relación compulsiva con las sustancias. La droga aparece como una extensión del mismo cuerpo, un intento de anestesiar la memoria inscrita en la carne y de controlar de manera artificial lo que emocionalmente se desborda.
Lidia Yuknavitch comienza a mostrar un talento inusual para las palabras, que ya brotó durante su niñez. La mudez obligada a la que se ve sometida en su casa permite que las palabras encerradas se liberen de maneras rompedoras y extremas. Con una tensión contenida, el lenguaje parece ser lo único que logra ordenar la mente de la protagonista; como describe en la película: “son las palabras permitiéndome decir”. Y mientras tanto, toda su existencia está acechada por la sombra de su padre, no siempre como víctima, sino como necesidad para lograr entender las experiencias que la han conformado y conducido a construirse.
El debut de Kristen Stewart con este largometraje, rodado íntegramente en 16 mm, demuestra una gran confianza en las imágenes y en su capacidad de superponerse e hibridarse para representar la experiencia sensorial de la protagonista. El cuerpo es fluctuoso y débil; vulnerable y aprisionado en su género pero inmenso en su capacidad de encontrar alternativas y recibir dulzura. La plasticidad de la experiencia humana que logra ser explicada en su huída más radical: “en el agua, como en los libros, puedes salir de tu vida”. Pero en esta fuga rebelde, Lidia siempre encontraba también la posibilidad de un rescate, un amor.
A pesar de una edición inusual, de cortes rápidos e intensos, con imágenes vertiginosas que en ocasiones no construyen líneas narrativas extensas; el montaje resulta idóneo para una historia como la de La cronología del agua, que plasma esos recuerdos como vísceras expuestas. La película nos muestra que no siempre hace falta cerrar la herida.

