La película de Luis Fernández, reinterpretación contemporánea del clásico de Román Chalbaud, ha sido elegida por Venezuela para competir por la nominación a Mejor Película Iberoamericana en los Goya 2027. Una historia de poder y traición ambientada en un burdel de los años setenta que, además, convierte su propio rodaje en parte de la ficción.
Hay películas que cuentan una historia y otras que también hablan de cómo se construyen esas historias. El Pez que Fuma juega en los dos terrenos.
Dirigida por Luis Fernández y protagonizada por Mimi Lazo y Fran Berenguer, la película parte del clásico homónimo de Román Chalbaud para trasladarlo a una mirada contemporánea. Ambientada en Venezuela en 1976, la historia se mueve entre un burdel convertido en refugio, las luchas de poder de quienes lo habitan y un rodaje en el que las fronteras entre personajes e intérpretes empiezan a desaparecer.
La Academia Venezolana de Cine la ha elegido para representar a Venezuela en la categoría de Mejor Película Iberoamericana de los Goya 2027.
Un burdel como campo de batalla
El Pez que Fuma no funciona únicamente como escenario. Es una comunidad: un grupo de personajes que ha construido su propia forma de sobrevivir bajo el mando de La Garza, interpretada por Mimi Lazo.
Su equilibrio se rompe con la llegada de Jairo, un joven extranjero que llega decidido a hacerse con el poder. Para conseguirlo tendrá que enfrentarse a Dimas, el hombre fuerte del burdel, mientras La Garza intenta mantener bajo control una estructura construida a base de lealtades, afectos y traiciones.
En este microcosmos, el poder circula constantemente. Nadie ocupa una posición para siempre y cada relación puede convertirse en una forma de negociación.

Una película dentro de otra
El juego más interesante de El Pez que Fuma aparece cuando la historia empieza a mirar hacia su propio rodaje.
Los actores interpretan a personajes atrapados en una lucha por el control mientras, fuera de la ficción, sus propias relaciones comienzan a reproducir los conflictos que están representando. Ana, la actriz que interpreta a La Garza, mantiene una relación secreta con el director Santiago; Fernando, encargado de dar vida a Jairo, arrastra un episodio de su infancia que conecta con la historia que está rodando.
Poco a poco, el set deja de ser un espacio separado de la ficción. Los secretos, deseos y tensiones de quienes están detrás de la cámara empiezan a reflejar los de los personajes que tienen delante.
La película construye así un juego de espejos donde interpretar un conflicto puede acabar significando vivirlo.
Venezuela, España y una memoria compartida
Aunque El Pez que Fuma competirá por Venezuela, su producción nace del encuentro entre distintas cinematografías. Se trata de una coproducción hispano-venezolana impulsada por Eterno Pictures —El Sueño Eterno y Eterno Island— junto a 8SML y Broadway en Español LLC.
La conexión con España también forma parte de la historia. La película se sitúa en 1976, año de la nacionalización del petróleo venezolano, y recupera la memoria de los españoles que encontraron en Venezuela un lugar de acogida durante el siglo XX.
Rodada íntegramente en Venezuela, la película utiliza ese contexto histórico como punto de partida para una historia que habla de identidad, migración, poder y pertenencia sin dejar de mirar hacia el presente.
De Román Chalbaud a una nueva mirada
Luis Fernández asume el guion y la dirección de esta reinterpretación desde una trayectoria que cruza cine, teatro, literatura y televisión. Su aproximación combina humor ácido, crítica social y una mirada sobre las relaciones humanas y la identidad.
El reparto está encabezado por Mimi Lazo como La Garza y Fran Berenguer como Jairo, acompañados por Jorge Reyes, Rafael Romero, Claudia Rojas, Carlota Sosa, Karina Velázquez, Estelita del Llano, Andrés Lazo y un amplio reparto venezolano.
Más que recuperar un título clásico, El Pez que Fuma propone volver a entrar en él desde otro lugar: conservar el imaginario de una obra fundamental del cine venezolano y utilizarlo para construir una historia donde el poder también existe detrás de la cámara.
Ahora, ese juego entre ficción y realidad viajará hasta España como la apuesta venezolana para los Goya 2027.


