Lucía Aleñar Iglesias convierte el duelo de una adolescente en un juego de identidades, fantasmas y memoria ambientado en una Mallorca mediterránea, familiar y ligeramente extraña.
Una abuela, un disfraz y una ilusión óptica
Cata está pasando el verano en Mallorca cuando la muerte repentina de su abuela altera por completo sus vacaciones. Es la única que presencia lo ocurrido y, en medio del duelo, empieza a hacer algo tan extraño como sencillo: vestirse como ella y hacerse pasar por ella.
Lo que comienza como un juego termina transformando la manera en que Cata se relaciona con su familia y consigo misma. Al asumir gestos, ropa y recuerdos de su abuela, la adolescente empieza a desdibujar la frontera entre quién era, quién quiere ser y quién cree estar viendo en ella el resto de su familia.
Forastera, dirigida y escrita por Lucía Aleñar Iglesias, parte así de una pregunta cercana a las ilusiones ópticas: ¿cómo podemos mirar a una persona y ver, al mismo tiempo, a otra?
El duelo como proyección
La película no entiende el fantasma desde los códigos tradicionales del género. La presencia de la abuela funciona como una proyección emocional, una figura que existe en la medida en que Cata y su abuelo necesitan verla.
El duelo se convierte en una forma de imaginación. En lugar de aceptar la desaparición como un punto final, los personajes encuentran maneras extrañas de mantener cerca a quien ya no está. El resultado es un territorio ambiguo donde la realidad y la fantasía conviven sin necesidad de explicarse.
“No sé si creo en los fantasmas, pero creo en nuestra necesidad de crearlos para sentirnos conectados”, explica Aleñar.

Una Mallorca entre lo cotidiano y lo extraño
La directora construye este proceso desde una estética deliberadamente artificial. La Mallorca de Forastera tiene algo de postal: colores cuidadosamente combinados, planos largos y espacios familiares que poco a poco empiezan a resultar extraños.
La fotografía de Agnès Piqué Corbera acompaña esa sensación de burbuja mediterránea, mientras que la música original de Anna von Hausswolff y Filip Leyman amplía el carácter emocional e inquietante de la película.
También la lengua forma parte de la transformación de Cata. El catalán y el castellano conviven de forma natural y funcionan como otra capa de identidad: la protagonista comienza hablando castellano y, mientras cambia su relación con la abuela y consigo misma, también cambia su manera de hablar.
De un corto a un largometraje
Forastera nace del cortometraje homónimo que Lucía Aleñar realizó en 2020 y que pasó por festivales como la Semana de la Crítica de Cannes, Curtas Vila do Conde, Les Arcs y Oberhausen, además de recibir una nominación a los Premios Gaudí.
El largometraje amplía aquel universo y coloca a Cata en el centro de una historia familiar más compleja. Zoe Stein, que ya protagonizó el corto, retoma el personaje y comparte reparto con Lluís Homar, Núria Prims, Nonni Ardal, Martina García y Marta Angelat.
Aleñar, formada en cine y escritura de guion en Nueva York y Columbia y afincada actualmente en Los Ángeles, continúa aquí una exploración sobre identidad, imaginación y pérdida que ya estaba presente en su primer trabajo.
Entre el verano mediterráneo, los recuerdos familiares y una presencia que quizá solo existe porque alguien necesita verla, Forastera plantea el duelo como una ilusión: una imagen que primero parece imposible y que, de repente, empezamos a ver.


