Ñunk, pogos y generación TikTok: el triunfo caótico de Mala Gestión en La Riviera
Aún no anochecía sobre el Manzanares, pero en la oscuridad de La Riviera ya se agolpaba el público contra el imponente escenario de la sala trampolín de la música en la capital. El aforo está casi completo, la edad media no sube de los veinticinco, huele a sudor y tabaco. En unos minutos actúa Mala Gestión, precedidos por sus teloneros Los Chivatos, ambos presentando nuevos proyectos en Madrid. La gente exhibe la energía contenida de quien sabe que saldrá reventado del concierto, aunque no hay tensión: hay muchos compañeros de gremio, una pequeña constelación de personajes de la escena independiente de la ciudad yendo a ver un caso de éxito valenciano. Obviando el tamaño de la sala, el ambiente no distaba mucho del de un garito de rock de moda.
Abrieron la noche Los Chivatos de Ana Frank, o Los Chivatos a secas. A ellos se les atribuye el indefinible género del ñunk, que también representan los cabeza de cartel. Lo que empezó como una broma que titula su primer disco (Stay Ñunk, 2019), se ha convertido en una etiqueta liberadora de las limitaciones del punk más purista. Si algo caracteriza a este género es su distorsión de los clichés de las formaciones indies, y un abrazo total a lo absurdo. El show fue intenso, sobreactuado, con regidos riff de guitarra contra el suelo y alguna otra estrofa de rap. Entre Los Chivatos, destaca su guitarrista, que decidió combinar un vestido naranja fosforito con su Gibson SG Cherry Red. Al espectáculo se sumaba la pantalla con visuales de juegos antiguos, como el Ocarina of Time (1998) o el Super Smash Bros, evocando la nostalgia dosmilera. Sus canciones se corearon menos, pero gozaron de la calidez de un público que calentaba motores.


Imágenes realizadas por Javier Biosca
Mala Gestión irrumpió con “Morir lejos de aquí”, la descarnada canción que abre su nuevo disco (Hacemos lo que podemos). A la mejora cualitativa de este trabajo con respecto a los anteriores se le ha sumado una composición más sincera y profunda, pero en la gira estos temas se han medido con cuentagotas. Fue todo un acierto, porque bastaba con mirar para darse cuenta de que nadie había ido allí a llorar. Hubieran desentonado canciones de inspiración shoegaze como “Sí, es tu culpa” o “Correo”, que se omitieron de la setlist, dejando hueco para la agridulce “Ex-ex (pareja)”. Prevaleció la efervescencia y el ambiente ligero, coherente con la fórmula que les ha funcionado hasta ahora. Frente a otras bandas indie, Mala Gestión se ha dado a conocer por su sonido variado y sus letras irreverentes y escatológicas, esencialmente ñunk. Sus últimos libros son en parte por el triunfo de su trabajo en redes, codificado con el lenguaje shitpost de Internet, una cultura compartida entre sus oyentes. En público no se avergüenzan de este aspecto de su fama: “Venga, esta es la parte de TikTok”, dice Elías antes de la segunda estrofa de “Intemperie”, que efectivamente se canta al unísono. Aún así, reniegan de lo predecible, tocando antes del bis su archiconocida “Noche de casino” y finalizando con una opción menos convencional: “Dios me tiró un Ducados rubio”, una oda al tabaquismo que se convirtió en su segundo single.
Los asistentes llevaban un estilo alternativo de acuerdo con los estándares de las generaciones que se han criado con redes. Son la nueva demografía del rock y sus subgéneros, tan distintos de sus padres, aferrados a las subculturas. Al igual que Mala Gestión, su público no se ciñe a etiquetas claras, sino que beben de unas y otras: chaquetas de cuero, pines en la solapa, pantalones holgados, maquillaje oscuro…También se vieron camisetas de la banda, con el diseño equino del poster de la gira, o con la frase “Dile adiós a tu erección, hola a Mala Gestión”, decoradas con un dibujo de una caja de Marlboro. A pesar del eclecticismo estético, ciertas convenciones de los eventos punk se mantienen, como los pogos, que no se detuvieron. El concierto estaba dividido en capas concéntricas: los vértices, donde se reunía el público más maduro, servían como muralla al núcleo ardiente donde la gente se lanzaba una contra la otra. Para esta actividad fue una noche particularmente intensa por el vigor del repertorio, que por cada canción generaba dos o tres pogos simultáneos, impregnando el aire de sudor y obligando a muchos a boquear mirando al techo. Aunque la marabunta impactando contra sí misma es una visión agradable desde arriba y abajo del escenario, su exceso convierte a la banda en un elemento secundario, casi en ruido de fondo. A veces la marea se abría para romper una canción sin calcular que estaba por acabarse. La ritualización de los pogos, que son un homenaje a la presencia y la escucha de la música, acaba por desprestigiarla, aunque en este caso el hedonismo y el sinsentido implícitos encajen perfectamente con la filosofía de la banda.

Imágenes realizadas por Javier Biosca
El concierto terminó con cuerpos desprendiendo endorfinas, esa sensación agradable después de entregar sudor y sangre al frenesí de la música rápida. La cercanía del grupo y el lenguaje compartido con su audiencia hizo inverosímil la magnitud del recinto que abre la puerta a sitios con mayor caché, y las implicaciones de tocar sobre su escenario. Este es sin duda un concierto definitorio para la carrera de Mala Gestión, que continúa su gira por España, con festivales en el punto de mira para el verano, y una actuación como teloneros de Carolina Durante en Barcelona, que promete curtir a estos cinco artistas sui generis, y consolidar su identidad como banda dentro del panorama español.




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