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La artista que quería desaparecer y terminó en todas partes

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Yayoi Kusama convirtió la repetición, la obsesión y el infinito en un lenguaje propio. Décadas después, ese mismo universo acabaría ocupando museos, escaparates, redes sociales y algunas de las imágenes más reconocibles de la cultura contemporánea.

Hay algo casi paradójico en que una de las artistas más reconocibles de nuestro tiempo construyera buena parte de su obra alrededor de una idea: desaparecer.

Yayoi Kusama murió el pasado 14 de agosto en Tokio, a los 97 años. La noticia fue comunicada oficialmente el 27 de agosto por el Yayoi Kusama Museum y la Yayoi Kusama Foundation, que señalaron además que la artista continuó pintando hasta sus últimos días.

Con ella desaparece una figura difícil de encerrar en una sola categoría: pintora, escultora, performer, escritora, poeta y creadora de instalaciones; una de las figuras más singulares de la vanguardia neoyorquina mucho antes de convertirse en un fenómeno cultural global.

Porque reducir a Yayoi Kusama a los lunares sería quedarse precisamente en la superficie.

Antes de los lunares estaba la obsesión

Antes de las calabazas amarillas.

Antes de Louis Vuitton.

Antes de las habitaciones de espejos y de las colas de cientos de personas esperando entrar durante unos segundos en ellas.

Estaba la repetición.

Kusama abandonó Japón en 1957 y poco después se instaló en Nueva York. Allí entró en contacto con una escena artística que estaba transformando las reglas del arte occidental y desarrolló con especial intensidad uno de los elementos fundamentales de toda su producción: sus Infinity Nets.

Enormes superficies construidas mediante pequeñas formas que se repetían una y otra vez hasta hacer prácticamente imposible localizar un principio o un final.

La repetición no era simplemente una decisión estética. Era una forma de llevar una imagen hasta el límite.

Repetir una forma hasta que esa forma deje de importar.

Un punto desaparece dentro de miles de puntos. Una pincelada queda absorbida por una red. La figura y el fondo comienzan a confundirse. El objeto pierde sus límites y termina fundiéndose con aquello que lo rodea.

En obras como No. F, de 1959, esa repetición se extiende por toda la superficie del lienzo, eliminando prácticamente cualquier jerarquía entre figura y fondo. El MoMA relaciona aquel procedimiento con la búsqueda de Kusama de un espacio potencialmente infinito.

De ahí surge una de las ideas fundamentales para entender toda su trayectoria: la self-obliteration, la desaparición o anulación del yo.

Los lunares nunca fueron solamente lunares.

Eran una forma de dejar de distinguir dónde terminaba una cosa y comenzaba otra.

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Yayoi Kusama, No. F, 1959. Óleo sobre lienzo. The Museum of Modern Art, Nueva York. © Yayoi Kusama.

Cubrirlo todo

Pero la repetición pronto dejó de caber dentro del lienzo.

Durante los años sesenta, Kusama empezó a llevar esa lógica hacia los objetos cotidianos. En Accumulation No. 1, de 1962, un sillón aparece prácticamente sepultado bajo decenas de formas textiles blandas, cosidas y acumuladas sobre toda su superficie.

El objeto continúa ahí, pero ya casi no puede reconocerse como aquello que era.

El MoMA considera la pieza el inicio de una serie escultórica fundamental en su producción y destaca que Kusama ya había desarrollado su motivo de las Infinity Nets antes incluso de llegar a Nueva York.

Era el mismo impulso aplicado a otra escala.

Repetir.

Acumular.

Cubrir.

Hacer desaparecer.

Después llegaron los espacios completos, las performances y los cuerpos.

Kusama comenzó a trasladar sus patrones fuera del objeto artístico tradicional y a extenderlos sobre habitaciones, ropa y personas. Durante la década de los sesenta desarrolló happenings y acciones vinculadas al cuerpo, la sexualidad, la protesta y la contracultura mientras construía una posición muy particular dentro de la vanguardia estadounidense.

Ya no bastaba con observar la obra.

Había que entrar dentro de ella.

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Yayoi Kusama, Accumulation No. 1, 1962. Tela cosida y rellena, pintura y sillón. The Museum of Modern Art, Nueva York. © Yayoi Kusama.

Y entonces apareció el infinito

Los espejos permitieron llevar esa obsesión todavía más lejos.

Si un motivo podía multiplicarse cientos de veces sobre un lienzo, un espejo podía conseguir algo aparentemente imposible: hacer que continuara más allá de los límites físicos del espacio.

De ahí surgirían las habitaciones de espejos que décadas después convertirían a Kusama en un fenómeno mundial.

Dentro de una Infinity Mirror Room, las luces, los objetos y nuestro propio cuerpo se reproducen una y otra vez. El espacio real comienza a resultar difícil de distinguir del reflejado.

La habitación termina.

La imagen no.

Las Infinity Mirror Rooms condensan buena parte de aquello que Kusama llevaba persiguiendo desde sus primeras redes: repetición, pérdida de los límites e infinito.

Y entonces ocurrió algo que probablemente nadie podía anticipar cuando estas ideas empezaron a aparecer en su obra.

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Yayoi Kusama, Mirror Performance, New York, 1968. Fotografía: Shunk-Kender. © 2026 Yayoi Kusama / Shunk-Kender © J. Paul Getty Trust, The Getty Research Institute, Los Angeles.

La artista que quería desaparecer terminó en todas partes

Pocas experiencias artísticas contemporáneas parecen encajar tan perfectamente con la lógica de una cámara de móvil como una Infinity Mirror Room.

Entras.

Te rodean cientos de puntos de luz.

Tu cuerpo empieza a multiplicarse.

Sacas el teléfono.

Y te haces una fotografía.

La contradicción es casi perfecta.

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Yayoi Kusama, Infinity Mirrored Room – Filled with the Brilliance of Life, 2011. Espejos, luces LED y estanque de agua. Courtesy Ota Fine Arts and Victoria Miro © YAYOI KUSAMA.

Una artista que había convertido la desaparición del individuo en uno de los grandes temas de su obra terminó creando algunos de los lugares más fotografiados del arte contemporáneo.

Donde Kusama proponía difuminar los límites entre el cuerpo y aquello que lo rodeaba, nosotros encontramos también un escenario perfecto para colocarnos en el centro de la imagen.

Y quizá ahí empiece una de las preguntas más interesantes que deja su obra.

¿Qué sucede cuando una experiencia creada para hacerte desaparecer se convierte en el lugar perfecto para mostrarte?

No significa necesariamente que las redes sociales hayan vaciado de significado aquellas instalaciones.

Puede ocurrir justamente lo contrario.

Las habitaciones funcionan porque consiguen algo que pocas obras logran con tanta facilidad: convertir una idea abstracta —el infinito— en una experiencia física inmediata.

No hace falta conocer la historia del arte para sentir durante unos segundos que el espacio no termina.

Pero nuestra manera de relacionarnos con ellas sí ha cambiado.

Hoy una obra puede existir simultáneamente dentro de un museo y dentro de millones de pantallas.

Y pocas artistas permiten observar esa transformación con tanta claridad como Kusama.

De la vanguardia al algoritmo

El arte siempre ha producido imágenes reconocibles.

Kusama consiguió algo ligeramente distinto: crear un universo visual entero que puede identificarse en apenas unos segundos.

Los puntos.

Las redes.

Las calabazas.

El amarillo.

El rojo.

Los espejos.

Su propio aspecto.

Basta con reunir dos o tres de esos elementos para que aparezca inmediatamente una asociación.

Kusama.

Y esa capacidad la convirtió también en una artista extraordinariamente compatible con la cultura visual contemporánea.

En una pantalla donde cada imagen dispone apenas de unos segundos para conseguir nuestra atención, su obra es prácticamente imposible de confundir con cualquier otra.

Museos, exposiciones multitudinarias, productos, moda, escaparates, instalaciones públicas y colaboraciones comerciales terminaron ampliando ese universo mucho más allá de las salas de exposición.

Pero sería demasiado sencillo contar esta historia como la de una artista radical finalmente absorbida por el mercado.

Porque hay algo extrañamente coherente en todo ese proceso.

Kusama llevaba décadas intentando cubrirlo todo.

Primero fueron las superficies.

Después los objetos.

Después las habitaciones.

Después los cuerpos.

Finalmente, su lenguaje visual terminó ocupando prácticamente cualquier lugar imaginable.

Cuando un lenguaje artístico se convierte en icono

Aquí aparece otra de las grandes contradicciones de su trayectoria.

Kusama puede estudiarse dentro de la historia de la abstracción, el minimalismo, el pop, las prácticas feministas o la crítica institucional y, al mismo tiempo, reconocerse instantáneamente en un escaparate de lujo.

El MoMA la sitúa como una figura fundamental de la vanguardia neoyorquina desde finales de los cincuenta hasta comienzos de los setenta y relaciona su producción con varias de esas corrientes, aunque subraya que siempre definió su práctica en sus propios términos.

Eso explica parte de su singularidad.

Kusama nunca terminó de pertenecer completamente a una sola categoría.

Y tampoco lo hizo su obra.

Podía ser íntima y monumental.

Repetitiva y excesiva.

Perturbadora y espectacular.

Vanguardia y cultura popular.

Objeto artístico y fenómeno de masas.

Su enorme popularidad no es un detalle secundario de su trayectoria. También forma parte de la historia que permite contar sobre cómo miramos el arte hoy.

Una obra puede llegar hasta nosotros primero como instalación.

O como selfie.

O como bolso.

O como vídeo de quince segundos.

Y seguir siendo la misma imagen.

¿Puede una obra convertirse en espectáculo sin dejar de ser arte?

Es una pregunta que sobrevuela buena parte del arte contemporáneo.

Los grandes museos necesitan visitantes. Las exposiciones compiten por nuestra atención. Las imágenes circulan por internet antes incluso de que sepamos el nombre de las obras que estamos viendo.

Y determinados trabajos terminan funcionando prácticamente como acontecimientos.

Kusama ocupa una posición especialmente interesante dentro de ese sistema porque pertenece a los dos mundos.

Su obra funciona perfectamente como espectáculo y sigue existiendo más allá del espectáculo.

La experiencia inmersiva puede atraer al visitante.

La fotografía puede viralizarla.

Los puntos pueden convertirse en icono.

Pero detrás continúa existiendo una investigación desarrollada durante décadas alrededor de cuestiones mucho menos cómodas: obsesión, desaparición, sexualidad, miedo, repetición, identidad y muerte.

Quizá por eso resulte demasiado fácil hablar de la espectacularización de Kusama como si hubiera ocurrido en contra de su obra.

Su trabajo siempre quiso desbordar sus límites.

Lo sorprendente es hasta dónde consiguió hacerlo.

Nunca fueron solo lunares

Hoy resulta casi imposible separar a Yayoi Kusama de los puntos.

Y tampoco tendría demasiado sentido intentarlo.

El problema aparece cuando pensamos que esos puntos eran simplemente una estética.

Para Kusama eran otra cosa.

Una herramienta para repetir, multiplicar y eliminar fronteras.

Una manera de imaginar al individuo como una parte diminuta dentro de algo muchísimo mayor.

Una forma de representar aquello que no termina.

Por eso, detrás de la espectacularidad de sus habitaciones continúa existiendo una idea sorprendentemente incómoda.

Entramos en ellas esperando encontrarnos.

Sacamos el teléfono.

Buscamos nuestro reflejo.

Nos colocamos dentro de la imagen.

Pero la propuesta que atravesó durante décadas el trabajo de Kusama apuntaba prácticamente hacia la dirección contraria.

Dejar de ser el centro.

El Yayoi Kusama Museum anunció su muerte el 27 de agosto de 2026. Había fallecido trece días antes, el 14 de agosto, en un hospital de Tokio. Tenía 97 años y, según la institución fundada por la propia artista, continuó pintando hasta sus últimos días.

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Yayoi Kusama trabajando en My Eternal Soul (2009–2021), 2017. © YAYOI KUSAMA. Courtesy of Ota Fine Arts, David Zwirner.

Durante décadas hizo de la repetición una manera de avanzar: un punto después de otro, una red después de otra, una habitación reflejada dentro de otra habitación.

Hasta que una artista obsesionada con desaparecer terminó siendo imposible de dejar de ver.

Al final, nunca fueron solo lunares.

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