e1b333b8faf05ee56893e782616cd897

La tendencia de la antitendencia

En la era de la hiperexposición, parecer auténtico se ha vuelto una aspiración colectiva y, quizá, otra plantilla más.

La espontaneidad y la naturalidad se han convertido en dos valores altamente cotizados dentro de la industria de la moda y la cultura visual. Asociamos lo natural con algo auténtico, de buen gusto, diferente. Algo que parece existir fuera de lo repetitivo o lo mainstream, o lo que es igual, la apariencia de lo que sucede sin esfuerzo: El famosoEffortless’  que se ha transformado en un ideal aspiracional.

Y quizá, sin quererlo, ese rechazo a la tendencia ha terminado convirtiéndose en una tendencia más.

Hoy parece existir un deseo colectivo por situarse fuera de la masa. Buscamos una autoconciencia estética que nos distancie de aquello que “le gusta a todo el mundo”. Porque cuando algo empieza a ocupar demasiados espacios deja de sentirse especial, aunque siga gustándonos exactamente igual. El problema no es el objeto en sí, sino lo que dice de nosotros consumirlo.

Así, comienza a tener más peso cómo algo nos hace ser percibidos antes que el propio contenido en sí. Ya no se trata solo de tener intereses o aspiraciones, sino de construirnos constantemente como escaparate para un público imaginario. Vivimos performando una identidad para darnos permiso de ser esa persona y saber que encajamos en ella. Estamos prostituyendo el costumbrismo.

c4a168e3ad13b2d316633b331af6443f

Pero detrás de ese aparente derroche de personalidad surge una pregunta inevitable: ¿existe una autenticidad real o estamos replicando la autenticidad de otros?

La polarización, las redes sociales y la sobrecarga de información nos exponen a ideas nuevas de manera constante. Una intuición original nace, se replica, se simplifica y, casi sin transición, se convierte en una plantilla. En cuestión de semanas, a veces días u horas, ya es un trend. La idea abandona a quien la tuvo primero y pasa a pertenecer a todos.

Y eso, en esencia, no es negativo. Las ideas están hechas para compartirse, desarollarse y transformarse colectivamente. El conflicto aparece cuando dejamos de aportar algo propio y comenzamos a recolectar elementos dispersos de ese océano de información para pegarlos, sin análisis previo, en nuestro mural.

¿Qué ocurre cuando algo nos gusta únicamente porque todavía no lo ha descubierto demasiada gente? A todos nos atrae la sensación de exclusividad, la ilusión de que algo nos pertenece. Un buen ejemplo es Rosalía: pese a ser una de las artistas más escuchadas a nivel nacional e internacional, no siempre se percibe como mainstream. Su éxito nace precisamente de haber presentado algo que, en su momento, parecía nuevo, orgánico, difícil de clasificar, como‘LUX’.

 Pero cabe preguntarse: cuando su estética o su universo creativo empiecen a replicarse masivamente, ¿se rechazará aquello que originalmente fascinó solo por haberse popularizado?

Algo similar, y quizás más cercano, ocurre con el matcha. Durante un tiempo funcionó como alternativa al café, un gesto pequeño que te diferenciaba. Beber matcha te hacía parecer ligeramente moderno. Ahora que está en todas partes, surge el impulso contrario: “¿Qué cojones es un matcha?” Es alternativo cuestionarlo, burlarse, volver a abrazar lo cotidiano. Entonces aparece la duda incómoda: ¿realmente te gustaba el matcha o te gustaba lo que significaba beberlo antes que los demás?

Quizá esta dinámica también esté ligada al momento económico y emocional que atravesamos. En una realidad donde los grandes lujos resultan cada vez más inaccesibles, lo nicho y lo aparentemente improvisado adquieren valor. No solo porque sea estéticamente atractivo, sino porque no tenemos ni la energía ni los recursos económicos para sostener la aspiración constante hacia lo inalcanzable. Hemos dejado de romantizar lo imposible porque, sencillamente, nos agota.

screenshot
Rosalía – LUX Tour

Y en medio de una avalancha infinita de estímulos, contradicción y búsqueda de uno mismo  surge una cuestión más profunda: ¿tenemos todavía espacio mental para construir opiniones propias? Tal vez te gusten unas zapatillas no porque sean únicas o adelantadas a su tiempo, sino porque te recuerdan a las que llevabas de niño en el campamento de verano, cuando eras feliz sin necesidad de justificar tus elecciones.

Quizá no haga falta descubrir algo antes que nadie ni plantar una bandera estética hasta que inevitablemente se convierta en tendencia y deje de interesarte.Puede bastarnos con construir una identidad alrededor del diálogo entre nosotros mismos, y no con lo que queremos que los demás crean que somos.

Hemos pasado demasiado tiempo intentando montar un collage perfecto. Uno coherente, atractivo, admirado y diferente. Pero incompleto. Algo que roza lo psicopático en cuanto a la obsesión atroz por nuestra apariencia y lo que proyectamos hacia los demás.

Al analizarlo con calma, termina revelando una contradicción: la autenticidad deja de existir justo en el momento en que empezamos a perseguirla.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *