En una Europa atravesada ahora mismo por el desencanto político y la estetización del tradicionalismo, la figura de Patti Smith vuelve a adquirir una relevancia inesperada.¿Qué significa hoy cantar que el poder pertenece a la gente? ¿Qué implica escribir desde la memoria en una cultura que premia el olvido rápido? ¿Y hasta qué punto puede una artista seguir siendo incómoda cuando ha sido plenamente canonizada?
La importancia de Patti Smith no reside tanto en su papel histórico dentro del punk como en su capacidad persistente para desbordar cualquier marco que ha pretendido fijarla. Llamar a Patti Smith “madrina del punk” es, en realidad, una simplificación. Su verdadera genealogía no es solo musical, sino literaria. Es heredera directa de Arthur Rimbaud, cuya idea del poeta como “vidente” implica atravesar los límites de la percepción, y de William Blake, para quien la imaginación era una forma de insurrección contra la racionalidad dominante. Tiene influencias de Picasso, de quien ha dicho que fue su impulso para querer ser artista, de Lorca e incluso referencias absolutamente contemporáneas como Rosalía.
No hablamos de una artista que lo tuviera fácil en el mundo para trazar una carrera exitosa; en el Nueva York de los 70 era solo una poeta que trabajaba en Scribner, una librería junto al Rockefeller Center de Nueva York y vivía con su entonces pareja el fotógrafo Robert Mapplethorpe, en el hotel Chelsea, con el que posteriormente mantendría una profunda amistad cuando él confesó que era gay y hasta su fallecimiento en 1989 a causa del sida.Smith habla de su relación con Mapplethorpe en su primer libro de memorias, Éramos unos niños (Editorial Lumpen, 2010).
Cuando aparece Horses, no estamos ante un disco más, sino ante una reorganización del campo cultural. Fue grabado en 1975, y producido por John Cale. El álbum no se limita a mezclar poesía y rock, desestabilizaba las jerarquías entre ambos. La palabra deja de ser subordinada a la música y pasa a ocupar el centro. El gesto inaugural, ese verso que reescribe la figura de Cristo en clave individual – “Jesus died for somebody’s sins, but not mine” -, desplaza la idea de redención colectiva hacia una afirmación de autonomía subjetiva.
«Yo llegué al rock and roll por razones políticas, quería ser como uno de esos héroes de la revolución norteamericana, Adoraba el rock, pero miré a mi alrededor y vi que se estaba convirtiendo en algo completamente aburrido. No éramos muy buenos al principio, pero nos sentíamos como despertadores humanos —¡arriba, arriba!— que llamaban a la acción.» (La Giganta Digital, 15/10/2018).

En términos contemporáneos, podríamos decir que Smith plantea una forma de resistencia que no pasa por la identidad cerrada ni por la pertenencia, sino por la afirmación de una voz propia. Sin embargo, ¿puede esa afirmación individual sostener una política colectiva? Existe el riesgo de caer en una estética de la singularidad sin ninguna traducción política. Pero en Smith, lo individual nunca está desconectado de lo común. Su “yo” es poroso, atravesado por lecturas, por muertos, por los encuentros que transformaron su vida. No es un yo neoliberal. Es un yo en relación con el mundo.La dimensión política de Patti Smith no se articula únicamente en discursos explícitos, sino en sus gestos. Su cuerpo en escena – andrógino, despojado, sin voluntad de agradar – fue, en su momento, una ruptura radical con las representaciones dominantes de lo femenino en la música popular; la femme fatal sexy que era la fantasía rock.
Smith frente a esto no propone un “nuevo modelo” de mujer. Propone algo mucho más incómodo, incluso hoy día: la disolución de la necesidad de modelo. Mientras ciertas corrientes insisten en la visibilidad y la afirmación identitaria, Smith ha operado siempre desde la ambigüedad, desde la fuga.
Si su música inaugura una ruptura, su obra literaria la profundiza. En Just Kids, la relación con Robert Mapplethorpe es una forma de pensar la creación como cualquier otro vínculo. El libro desmonta una idea muy arraigada en la cultura contemporánea: la del artista como individuo aislado. Aquí, la creación es inseparable de la amistad, del amor, de la precariedad compartida.Ligado siempre a las relaciones es muy interesante la forma en que Smith escribe el duelo. En obras posteriores como M Train y El año del mono, la escritura se convierte en una práctica de resistencia contra la desaparición. No se trata de recordar para cerrar heridas, sino de mantener abiertas las conexiones con quienes ya no están; «Mi duelo se ha convertido en danza» (Tejiendo sueños, 2014).
En una cultura como la europea actual esta insistencia en la memoria es increíblemente necesaria para luchar contra la desaparición. Recordar es negarse a aceptar la lógica de lo descartable.
«People Have the Power»
Pocas canciones han tenido un recorrido político tan amplio como People Have the Power. Ha sido coreada en manifestaciones, reapropiada por movimientos diversos, convertida en himno transversal.El pueblo tiene el poder es una afirmación potente, pero también ambigua. En el contexto actual – con el auge de discursos populistas de derecha o extrema derecha en toda Europa – la noción de “pueblo” se ha vuelto problemática; ¿Quién habla ahora mismo en nombre del pueblo? ¿Quién está quedando fuera de esa categoría?
En la entrevista publicada en El Mundo, Smith afirmaba: “Vivimos en un mundo movido por el poder y el dinero” (El Mundo, 29/04/2026). Por ello, insistía en la necesidad de mantener la humanidad frente al dominio del dinero y el poder.
La absorción institucional: ¿fin de la disidencia?La concesión de premios como el Princesa de Asturias nos plantea una cuestión inevitable: ¿qué ocurre cuando una figura de la contracultura es plenamente integrada en el canon?La historia cultural está llena de ejemplos de disidencias que, una vez reconocidas, pierden su capacidad de incomodarnos. Se convierten en patrimonio, en objeto de consumo, en símbolo vacío. ¿Le ha pasado eso a Patti Smith? Parcialmente, podríamos decir que sí.
Sin embargo, Smith no es un objeto pasivo. Sigue interviniendo, escribiendo y posicionándose. Su obra no se ha vuelto complaciente ni sumisa al orden dominante por mucho que hayan insistido en canonizarla.La rebeldía que propone sigue ahí y podemos llegar a ella a través de su obra, tan polifacética como ella misma.
Situar a Patti Smith en el contexto actual implica también traerla a nuestro terreno.En España, donde la cultura institucional convive con una precariedad estructural del sector artístico, su figura plantea preguntas muy necesarias ahora mismo para todas las artistas: ¿Es posible una práctica artística realmente crítica dentro de las instituciones? ¿Qué lugar ocupa la memoria en una sociedad marcada por conflictos no resueltos, de los que no se nos ha permitido hablar? ¿Cómo evitar que la disidencia se convierta en estética vacía y se disuelva?
Si seguimos el ejemplo de Smith nos queda una idea: la de no acomodarse. En un momento en que el discurso político tiende a simplificarse y polarizarse, la complejidad y seguir tu propio rumbo es la respuesta más revolucionaria.Hablar de Patti Smith no puede reducirse a hablar de música o literatura. Es hablar de una forma de estar en el mundo, de relacionarnos y no traicionar nuestro proceso creativo en pos del capital. Seguir una filosofía que rechace la comodidad, que desconfíe de las certezas que nos vienen dadas, y más importante, que insista en el poder de la palabra incluso cuando parece inútil.


