La muerte de Mykee reabre una pregunta incómoda: ¿qué precio seguimos pagando por convertir la creatividad en una industria?
Hace unos días el mundo de la industria cultural se veía sacudido por una triste noticia: Mykee, bailarín reconocido por trabajar mano a mano con algunos de los artistas más grandes del panorama latino, entre ellos Rosalía en el MOTOMAMI World Tour, era encontrado sin vida, tras varios días desaparecido, junto a unas vías de tren, en un caso que está siendo investigado como un posible suicidio.
Inevitablemente, y tras haber pasado yo mismo este último año por momentos esdrújulos en lo que respecta a mi salud mental, esta noticia hizo que me trasladase vívidamente a diciembre de 2021. Concretamente, el día trece de ese mes se hacía público, en un desolador comunicado, que Verónica Forqué, una de las artistas que más y mejor legado dejó en nuestro país, había terminado con su vida.
Como siempre que algo así pasa, el debate público se llenó de críticas y análisis sobre la sociedad en la que deambulamos —ni siquiera me atrevo ya a utilizar el verbo «habitar»— y sobre qué pone o no en entredicho los motivos que tiene alguien que vive entre bambalinas para echarse a un lado. Esta vez, sin embargo, no lo he visto; quizá porque ha llegado el verano y estamos envueltos en el éxtasis del Mundial. Pero, aun así, he sentido una imperiosa necesidad de sentarme a escribir y reflexionar sobre esto.
Quizá sea redundante decir que los creativos, en la gran extensión de la palabra, somos un colectivo vulnerable, pero me parece igualmente importante recordarlo. Y es que los casos de Mykee o Forqué son grandes ejemplos de que, por mucho que el trabajo abunde, las exigencias de este nos llevan a nuestros límites y, detrás, no hay un sistema que nos ampare.
Decía María Iborra Forqué (artísticamente Virgen María), en las memorias de su madre, recientemente publicadas, que esta fue víctima de una autoexigencia que llevaba lastrando toda la vida, ejemplificando lo que apuntan ciertos estudios sobre cómo los artistas son más propensos a sufrir problemas de salud mental debido al constante análisis de sí mismos (Li et al., 2024), entre otras muchas causas, como la precariedad laboral. ¡Si hasta Candela Peña tuvo que exponerse públicamente en La Revuelta pidiendo que la contratasen, porque tenía un hijo al que alimentar!
Conforme avanzo en mis palabras, me doy cuenta de que, más que intentar llegar a algún lado, simplemente estoy desahogándome y trazando unas condolencias en forma de carta pública para quien corresponda: no podemos seguir así.
Igual no todo está perdido y sería injusto ignorar la labor de discográficas independientes como La Vendición, que facilitan el acceso a la terapia a sus artistas, demostrando, una vez más, que es en la unión horizontal obrera donde podemos encontrar la luz ante los estándares de exigencia y producción que nos roen hasta la médula.
Para finalizar, solo puedo parafrasear —y reinterpretar— las palabras que Chappell Roan pronunció en su discurso de los Grammy de 2025, en el que criticaba la hegemonía industrial que se había superpuesto sobre el ejercicio artístico: «Es devastador estar tan comprometida con mi creatividad y sentirme tan traicionada por el capitalismo».


