Hay discos que parecen construirse desde una idea y otros que nacen después de haber atravesado demasiadas cosas. Historias de Ángeles, el nuevo trabajo de 1111 —mil ciento once—, pertenece claramente a los segundos. El trío formado por Jose Ros Campallo (Fedra), Mateo Jiménez Grela (Armas) y Rubén López Moreno (ru0001) llega aquí después de una mixtape, un primer disco, varios descartes y una búsqueda consciente por entender mejor cómo se construye una canción sin perder por el camino todo aquello que les había hecho reconocibles.
Hasta ahora, 1111 habían hecho del exceso, la visceralidad y una sensibilidad profundamente atravesada por internet parte de su identidad. En Tres de palacio ya convivían colaboraciones, field recordings, ruido, electrónica, guitarras y una urgencia difícil de domesticar. Historias de Ángeles no renuncia a nada de eso, pero sí introduce una pregunta nueva: qué pasa cuando una banda acostumbrada a tensar las formas decide acercarse deliberadamente al pop.
La respuesta no es un disco más limpio ni necesariamente más fácil. Es un álbum donde las estructuras empiezan a importar tanto como la textura, donde un estribillo puede convivir con una batería deformada y donde la ternura aparece sin necesidad de suavizar el golpe.
Después de veinte canciones que nunca salieron
Antes de Historias de Ángeles hubo otro disco. Veinte canciones que terminaron descartadas y una etapa que murió antes de publicarse.
El título apareció casi por accidente. Durante una visita a un parque habitual encontraron un ejemplar de Historias de Ángeles, adaptado por Cipriano Montserrat. Dentro había un obituario. Ni siquiera necesitaron leerlo: se quedaron con el nombre.
El gesto encaja bastante bien con la manera de trabajar de 1111. Encontrar símbolos, imágenes y conexiones antes incluso de saber exactamente qué significan y permitir que la música termine dándoles forma.
A partir de ahí, el grupo decidió estudiar aquello de lo que hasta entonces quizá había desconfiado: la estructura pop. Entender cómo se construyen las canciones, dónde aparece un estribillo, cómo se administra la tensión y qué hace que algo aparentemente extraño pueda entrar con facilidad sin volverse convencional.
No se trataba de simplificar su sonido, sino de aprender a contenerlo.
Tres historias antes de una banda
También hay algo de mitología alrededor de cómo los tres miembros llegaron hasta aquí.
Fedra comenzó entre el piano, la guitarra clásica y un FL Studio pirateado, atravesando el thrash metal, la música contemporánea y compositores como Stravinsky, Arvo Pärt o Debussy antes de dedicarse también a la composición audiovisual. Armas creció prácticamente unido a la guitarra y a la producción doméstica, entre ambient, bedroom pop, Deftones o Nueva Vulcano, hasta que un concierto de Arca terminó transformando su manera de entender la música. ru0001 llegó desde otro lugar: el rap americano, el EDM, el trap y la cultura bakala de Torrejón, hasta encontrarse con el universo de Club Marabú, Brat Star o Kamixlo.
Los tres coincidieron finalmente en La Agencia, un espacio gestionado por estudiantes de arquitectura que ya no existe, y encontraron ahí una zona común desde la que empezar a construir.
No tanto un género como una sensibilidad compartida.
Desde entonces, 1111 han funcionado como un punto de encuentro entre escenas que normalmente se nombran por separado: guitarras, electrónica, club, música de internet, ambient, rap o pop experimental. Historias de Ángeles lleva esa lógica un poco más lejos.
Violencia para abrir, paz para cerrar
El disco comienza con Salte Fuera y una frase que descoloca cualquier expectativa de estar entrando en un álbum de pop:
“Salte fuera y rómpeme los dientes mientras pienses en mi madre.”
Es una apertura física, incómoda y agresiva. La canción se construye alrededor de una violencia que no necesariamente se celebra, sino que se observa de frente: verla, reconocerla, intentar comprenderla.
Grabada en la casa familiar de Rubén en Olmeda de las Fuentes, Salte Fuera deja desde el principio una sensación de energía difícil de expulsar de la habitación. Funciona como entrada a un disco que va a moverse constantemente entre extremos.
Porque diez canciones después, Poema termina prácticamente en el lugar contrario.
Grabada en una sola toma, mirando la noche desde un balcón y conservando incluso una voz ligeramente fuera de tiempo, la última canción encuentra una forma de paz que no intenta parecer perfecta. Habla de mirar hacia una misma luna, de recuperar cierta bondad gracias a otra persona y de una pregunta tan sencilla como “¿qué tal te ha ido?”.
Entre ambos puntos ocurre todo lo demás.
Aprender el pop sin obedecerlo
La Línea de Puntos quizá explique mejor que ninguna otra canción la relación de 1111 con esta nueva etapa.
La vida aparece como una hoja de papel marcada con una línea de puntos: existe una guía, una forma aparentemente correcta de cortar, pero desviarse mínimamente puede hacer que acabes comiéndote parte del propio papel. La referencia a Cortar por la línea de puntos, de Zerocalcare, funciona también como una metáfora de cómo el grupo se aproxima aquí a las estructuras.
Hay puntos. Hay una forma reconocible. Pero eso no significa que vayan a cortar exactamente por donde se les indica.
Ese aprendizaje atraviesa todo el álbum. 1111 quieren escribir canciones accesibles sin convertirlas en canciones previsibles. Entender el pop no para someterse a él, sino para utilizarlo como otra caja de resonancia.
Por eso Baby puede proponerse construir “un estribillo de los de verdad” y, al mismo tiempo, enfrentar riffs de piano casi artesanales con baterías completamente deformadas.
La canción es directa y emocional, pero no cómoda.
La ternura también puede sonar rota
Uno de los grandes desplazamientos de Historias de Ángeles está precisamente en cómo aparece la ternura.
En Solos, inspirada en las bandas sonoras de Joe Hisaishi para Studio Ghibli, la banda alcanza uno de sus momentos más desnudos. La voz quedó prácticamente clavada desde la primera toma y la canción encuentra fuerza precisamente en no añadir nada que no necesite.
“¿Estando los dos solos qué hay de ti y de mí?”
La pregunta podría pertenecer a una canción romántica mucho más convencional, pero dentro del universo de 1111 adquiere otro peso. La delicadeza no implica aquí dulcificar el sonido ni abandonar la tensión, sino permitir que algo frágil permanezca expuesto.
De Sol a Sol continúa esa lógica desde otro lugar. Compuesta en el piano de pared que Fedra tocaba desde pequeño, mezcla ese elemento íntimo con percusiones cercanas al ruido blanco. El resultado tiene groove, pero también una sensación de amenaza latente.
Amar, comprender y cuidar pueden aparecer en el mismo espacio que el ruido.
Dos personas juntas son un milagro
El título de Dos Personas Juntas Son un Milagro procede de Ausencia del héroe, de Charles Bukowski, y ya resume buena parte de lo que parece interesar al grupo en este disco: la improbabilidad de conectar realmente con otra persona.
La colaboración con Merina Gris amplía esa idea. 1111 parten de una demo de la que estaban especialmente orgullosos, pero deciden desmontarla para permitir que el trío donostiarra introduzca su propio lenguaje y termine llevando la canción incluso al euskera.
No se trata simplemente de sumar un featuring, sino de permitir que la canción cambie al entrar alguien más en ella.
Algo parecido ocurre en Te Espero de Vuelta, junto a Hofe y Kiliki. Compuesta durante una especie de campamento improvisado en Corella, Navarra, la canción nace de compartir habitación, admiración y proceso creativo.
Aquí lo importante no parece ser únicamente lo que se cuenta, sino el hecho mismo de estar juntos mientras se construye.
Terrazas, tops con la espalda al aire, biblias, pistolas, calles que hieren: imágenes aparentemente incompatibles se acumulan hasta formar pequeños recuerdos que la canción intenta conservar.
El odio también tiene arquitectura
Si algunas canciones miran hacia la ternura, otras se hunden en zonas mucho más densas.
El Odio Ajeno, con Claudio Montana, es descrita por la propia banda como un “rascacielos de emociones”. La imagen funciona porque la canción parece construirse por capas, creciendo hacia arriba mientras se hunde al mismo tiempo en un ambient cada vez más amenazante.
Montana abandona incluso parte de su registro habitual y termina gritando, contagiado por la lógica de 1111.
La colaboración funciona precisamente porque no intenta adaptar la banda al invitado ni al invitado a la banda. Ambos lenguajes se deforman un poco al encontrarse.
En Que Me Baile, una de las pocas piezas rescatadas del disco anterior, la emoción se administra de otra manera. Después de múltiples versiones y tres finales distintos, la canción termina encontrando sentido en la contención.
El BPM baja, pero la intensidad no.
La banda habla del odio, el voyeurismo y aquello que ocurre en los rincones menos visibles de una fiesta. No todo estalla. A veces la tensión se queda en el 100 y precisamente por eso resulta más incómoda.
Lo accesible también puede ser extraño
1111 pertenecen a una generación de músicos para los que las fronteras entre géneros hace tiempo que dejaron de tener demasiado sentido. Pero Historias de Ángeles resulta interesante porque no utiliza esa libertad únicamente para acumular referencias.
Hay una voluntad clara de escribir mejor.
De saber cuándo detenerse, cuándo repetir, cuándo permitir que una melodía sea sencilla y cuándo romperla. De comprender que experimentar no siempre significa añadir y que, a veces, hacer algo verdaderamente extraño puede consistir simplemente en dejar una primera toma intacta.
El grupo parece haber encontrado aquí una manera más precisa de organizar el caos que ya estaba en su música.
No han dejado atrás el netcore, la electrónica extrema, el ambient, las guitarras ni esa sensibilidad nacida entre nichos digitales. Lo que cambia es la arquitectura que sostiene todo eso.
Historias de Ángeles
El nombre del disco podría hacer pensar en algo celestial o puro, pero el universo de 1111 está demasiado lleno de cuerpos, ruido, violencia, habitaciones, fiestas, recuerdos y deseos como para aspirar a esa clase de trascendencia.
Sus ángeles son otra cosa.
Aparecen en las personas que consiguen conectarnos con algo bueno, en quienes vuelven, en quienes esperan, en quienes comparten una habitación para escribir una canción o en quienes simplemente preguntan cómo nos ha ido.
Historias de Ángeles termina funcionando como un disco sobre la conexión en todas sus formas: la amorosa, la violenta, la amistosa, la digital, la musical. Sobre lo difícil que es acercarse a alguien y sobre la necesidad de seguir intentándolo.
Después de años explorando los márgenes y de un disco entero que nunca llegó a existir, 1111 parecen haber encontrado una forma más clara de decir lo que querían sin volverse menos extraños.
Hacen canciones más reconocibles, pero siguen construyendo mundos difíciles de encerrar dentro de ellas.



