Este lunes 21 de septiembre asistimos en los Cines Golem al pase de prensa de La bola negra, la nueva película de Javier Calvo y Javier Ambrossi. Una película que atraviesa 1932, 1937 y 2017 para hablar de deseo, memoria, violencia y herencia. Pero quizá lo primero que conviene aclarar es precisamente qué no es: no es otra película sobre la Guerra Civil y tampoco es otra película sobre Federico García Lorca.
Ambos están en el origen del relato, pero sirven para formular una pregunta mucho más amplia: quién ha tenido históricamente el poder de decidir qué vidas podían formar parte de la normalidad y cuáles debían quedarse fuera. Las tres épocas están unidas precisamente por eso: personas queer intentando vivir mientras el contexto político, familiar o social les obliga a negociar constantemente quiénes pueden ser.
No es otra película sobre la Guerra Civil
La Guerra Civil atraviesa La bola negra, pero no es su verdadero centro. La película se mueve entre 1932, todavía durante la Segunda República; 1937, en pleno conflicto; y 2017, cuando las consecuencias de aquello que ocurrió décadas atrás siguen apareciendo dentro de una familia.
Aquí la guerra no interesa tanto como relato de batallas, bandos o territorios, sino por aquello que hace sobre las vidas. Interrumpe relaciones, deseos, familias y futuros, pero también arrastra a personas hacia lugares que nunca habrían elegido ocupar.

Sebastián, interpretado por Guitarricadelafuente, encarna especialmente bien esa contradicción. Es un joven que va descubriendo su propio deseo al mismo tiempo que la guerra le obliga a sobrevivir dentro de un mundo construido sobre armas, obediencia y pertenencia a un bando. Un cuerpo que está empezando a descubrir quién es recibe antes un fusil que la posibilidad de vivir libremente esa identidad.
Ahí está buena parte del discurso antibelicista de la película: recordar que detrás de las grandes narraciones históricas hubo personas cuya única elección real muchas veces consistió en intentar sobrevivir.
Tampoco es otra película sobre Lorca
Federico García Lorca está en el origen de La bola negra, pero la película tampoco funciona como un biopic convencional. Parte de su texto teatral inconcluso y convierte aquello que nunca pudo terminarse en la columna vertebral de una historia nueva.

En la trama de 1932, la bola negra es literalmente el instrumento con el que una comunidad decide que alguien no merece pertenecer. La posibilidad de entrar o no en determinados espacios depende de esconder aquello que uno es, de negar el deseo propio para conservar la honra y de aprender qué partes de uno mismo resultan aceptables de puertas para afuera.
Por eso Lorca funciona aquí como algo más que un personaje histórico. Representa todo aquello que quedó interrumpido: una obra, pero también vidas, relaciones, proyectos y posibilidades. Y la pregunta deja entonces de ser solamente qué habría escrito Lorca si hubiera podido terminar La bola negra. También obliga a pensar cuántas otras historias fueron interrumpidas sin que quedaran siquiera unas páginas con las que reconstruirlas.
Una memoria queer que también forma parte de la Historia
Uno de los grandes aciertos de La bola negra es recordar que las personas LGTBIQ+ nunca estuvieron al margen de los acontecimientos históricos. Vivieron, amaron y desearon durante la República, la Guerra Civil y la dictadura, aunque demasiadas veces tuvieran que hacerlo escondiéndose.
La película no presenta esas vidas como una historia paralela a la Historia de España. Las introduce dentro de ella. Estaban en los pueblos que eran bombardeados, en los hospitales de campaña, entre quienes tenían que huir, entre quienes eran movilizados y entre quienes trataban de continuar viviendo mientras todo alrededor se descomponía.

La persecución de la homosexualidad durante el franquismo fue, además, institucional. Desde 1954, el régimen utilizó la Ley de Vagos y Maleantes para perseguir y controlar a personas homosexuales y, en 1970, la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social clasificó los “actos de homosexualidad” como conductas peligrosas y permitió medidas de internamiento y “reeducación”. La despenalización no entró en vigor hasta enero de 1979.
Hablar de memoria LGTBIQ+ significa, por tanto, devolver al relato histórico a personas que siempre estuvieron allí, aunque muchas de sus relaciones acabaran ocultas, transformadas en silencios familiares o directamente borradas.
El fascismo y la necesidad de decidir quién se queda fuera
Ahí está quizá la cuestión política más importante de La bola negra. El fascismo no funciona únicamente mediante ejércitos, instituciones o violencia explícita. Históricamente también ha construido modelos rígidos de familia, género, sexualidad y pertenencia, convirtiendo determinadas formas de vida en desviadas, inmorales o peligrosas.
Y la película consigue trasladar esa idea a algo tremendamente sencillo: una bola blanca o una bola negra. Alguien tiene la capacidad de decidir quién pertenece y quién debe permanecer al otro lado de la puerta.

Por eso el título termina creciendo a medida que avanza la película. La bola negra deja de ser únicamente una votación para convertirse en una forma de mirar toda la historia: quién puede entrar, quién tiene que ocultarse para conseguirlo y quién paga las consecuencias cuando decide no hacerlo.
De 2017 al presente: la violencia no desaparece
La trama de 2017 introduce quizá el elemento más emocional de esa idea: la violencia también deja herencias.
Décadas después ya no estamos en la España de la Guerra Civil ni en la dictadura. Estamos en una democracia en la que un hombre homosexual puede vivir de una manera radicalmente distinta a quienes le precedieron. Pero eso no significa que aquello que ocurrió haya desaparecido. Permanece dentro de las familias, en los relatos incompletos, en las personas que fueron juzgadas sin conocer toda su historia y en aquello que una generación decidió no contar a la siguiente.

Ahí la película plantea algo especialmente bello: ser historiador de los demás y descubrir que también hay que aprender a investigar la propia familia. El pasado deja de ser una materia académica para convertirse en algo íntimo.
Y desde 2026 esa reflexión continúa teniendo sentido. Los derechos LGTBIQ+ han avanzado enormemente, pero la violencia no ha desaparecido. En 2025, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad registraron en España 571 delitos e incidentes de odio relacionados con la orientación sexual y la identidad de género, frente a 528 en 2024, convirtiéndose en el segundo ámbito con más hechos registrados tras el racismo y la xenofobia.
No hablamos de la misma violencia ni del mismo contexto histórico. Y precisamente ahí está la importancia de la memoria: no sirve para afirmar que todo vuelve a repetirse exactamente igual, sino para reconocer cuándo determinados mecanismos de exclusión encuentran nuevas maneras de sobrevivir.
Una película antibelicista para el presente
Calvo y Ambrossi han definido La bola negra como una película “antifascista, antibelicista y, sobre todo, humanista”. Y quizá esta sea la dimensión que más peso adquiere después de conocer las tres historias completas.
La película devuelve la guerra al cuerpo. A la madre que desaparece de repente, al joven al que alguien coloca un arma en las manos, a quienes se enamoran cuando enamorarse debería ser lo único difícil y a las vidas que terminan determinadas por decisiones políticas que nunca tomaron.
Detrás de cada mapa, estrategia, bandera o cifra existen personas perdiendo a quienes aman y futuros que dejan de existir. Una guerra nunca es solamente un acontecimiento geopolítico: es una suma de vidas obligadas a convertirse en algo que quizá nunca habrían elegido ser.
Y esa idea adquiere una dimensión especialmente incómoda en un presente en el que las guerras vuelven a ocupar diariamente nuestras pantallas y el lenguaje del rearme ha regresado al debate público. La distancia histórica puede hacer que palabras como guerra, fascismo o dictadura se conviertan en conceptos casi abstractos para generaciones que no los han vivido. La bola negra hace exactamente lo contrario: les devuelve un rostro.
Quizá por eso no habla realmente solo de 1932, 1937 o 2017. Habla también de ahora.
Casi un siglo después, continuar una historia que Lorca dejó incompleta no puede recuperar todo aquello que fue destruido. Pero puede hacer algo igualmente importante: devolver un lugar en el relato a quienes tuvieron que esconderse, obedecer, sobrevivir o desaparecer para que otros pudieran decidir qué significaba pertenecer.
Y recordarnos que una bola negra nunca es solamente una bola negra.



