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Una ciudad también se mide por la cultura que programa

El derecho a una programación cultural digna, diversa y accesible también se juega en las fiestas municipales, especialmente en ciudades trabajadoras donde los conciertos gratuitos son una de las principales puertas de entrada a la música en directo.

Hay derechos que reconocemos enseguida porque sabemos qué aspecto tienen. Una biblioteca, un centro cultural, una escuela pública, un museo. Sin embargo, otros parecen volverse frívolos en cuanto los asociamos con una plaza llena, una canción que conocemos todos o un grupo de personas bailando hasta tarde. Pero acceder a la cultura también significa poder escuchar música, salir, encontrarse con los demás y disfrutar del espacio público sin que todo dependa de cuánto dinero tengas en la cuenta.

La Constitución española establece que los poderes públicos deben promover y tutelar el acceso a la cultura. Ese acceso no debería entenderse únicamente como la posibilidad de visitar una exposición o entrar en una biblioteca. La cultura también se construye alrededor de la música popular, de los conciertos y de esos espacios colectivos donde una ciudad se encuentra consigo misma. Por eso unas fiestas municipales importan mucho más de lo que su aparente frivolidad puede hacer pensar.

Importan especialmente en ciudades trabajadoras, porque permiten que el acceso al ocio y a la cultura no dependa siempre del dinero. Poder terminar de trabajar y bajar andando a un concierto, que alguien de diecisiete años pueda ver música en directo sin tener que pedir sesenta euros en casa o que una familia pueda pasar una noche fuera sin comprar cuatro entradas no son detalles menores. Durante unos días, la ciudad pone al alcance de sus vecinos algo que fuera de ese contexto suele estar condicionado por el precio de una entrada, el transporte, el consumo o la necesidad de desplazarse hasta Madrid.

Ahí está una parte fundamental del valor de una fiesta pública. Permite que la cultura y el ocio se vivan de forma colectiva y cercana también por quienes no pueden permitirse consumirlos de manera habitual. Las fiestas patronales no son un regalo que concede el Ayuntamiento, sino una política pública financiada entre todos y que, precisamente por eso, puede ser examinada y exigida como cualquier otra política cultural.

En ciudades como Leganés, Fuenlabrada o Alcorcón, esa función adquiere todavía más importancia. Ir a un concierto en Madrid implica desplazamiento, transporte nocturno y, muchas veces, un gasto que va mucho más allá del precio de la entrada. No todo el mundo puede pagar festivales, salas, un Uber de vuelta o entradas de cincuenta, sesenta u ochenta euros. Para muchas personas, los conciertos gratuitos de las fiestas de su municipio pueden ser algunos de los pocos grandes directos a los que accedan durante todo el año.

Por eso discutir sobre la programación municipal no debería reducirse a decir que un cantante nos gusta o nos deja de gustar. La cuestión es mucho más amplia: qué importancia concede una ciudad a la música dentro de su política cultural, cuántos públicos intenta representar y con qué ambición construye aquello que ofrece gratuitamente a sus vecinos.

La pobreza de una programación no depende del género musical

Una noche de reguetón no me parece culturalmente más pobre que una noche de rock, igual que una sesión de DJs no tiene menos valor por no ser un concierto convencional. Bailar durante horas puede ser una experiencia cultural tan legítima como escuchar a una banda tocando guitarras. El problema no es el género, sino la pobreza de una programación cuando reduce toda la diversidad de una ciudad a unas pocas fórmulas repetidas.

Tener DJs no equivale automáticamente a tener una política cultural juvenil, del mismo modo que contratar una banda de indie no convierte por sí solo unas fiestas en contemporáneas. El público joven no escucha una sola cosa, pero tampoco lo hacen quienes tienen cuarenta, cincuenta o sesenta años. La música no funciona mediante compartimentos generacionales tan simples. Una programación pública ambiciosa debería asumir que dentro de una misma ciudad conviven escenas, gustos y formas muy distintas de relacionarse con la música.

Ahí es donde este septiembre la comparación con Fuenlabrada y Alcorcón resulta especialmente interesante. Fuenlabrada ha programado una noche que el propio Ayuntamiento presenta expresamente como su cita con la “música joven y urbana”, con Hoke, Juicy BAE, Hofe y Zona Criminal. Esa noche convive dentro de las mismas fiestas con M-Clan y El Drogas, Los Delinqüentes, Sanguijuelas del Guadiana o Celtas Cortos.  

No es necesario elegir entre generaciones. Puede haber Hoke y Celtas Cortos. Juicy BAE y El Drogas. Una orquesta y un concierto de rap. Eso es precisamente lo que permite una programación amplia: que personas que habitan la misma ciudad y escuchan cosas completamente diferentes puedan encontrar algo dentro de sus propias fiestas.

Alcorcón resulta todavía más ilustrativo. Este año ha programado una noche con Zénit, LaBlackie, Dano y Selecta, otra con Natalia Lacunza, Veintiuno y El Cuarto Vacío, y además conciertos de Rufus T. Firefly, Zahara Rave, Public Enemy, Ana Curra, La Pegatina o Kiko Veneno. El Ayuntamiento ha presentado, de hecho, la programación como unas fiestas dirigidas a distintas edades y gustos.

Lo interesante no es simplemente contar cuántos nombres hay. Es que Dano no representa lo mismo que Natalia Lacunza, LaBlackie no ocupa el mismo espacio que Veintiuno y Selecta no propone lo mismo que Rufus T. Firefly.En una misma programación aparecen rap, electrónica, urbano, pop alternativo, indie y rock, además de artistas dirigidos a otras generaciones.

Esa diversidad se acerca mucho más a la realidad de cómo escuchamos música. No existe “la música de los jóvenes” como una categoría cerrada, igual que tampoco existe una música única para la gente de cincuenta o sesenta años. Una ciudad culturalmente plural necesita algo más que una casilla para cada edad.

Y entonces volvemos a Leganés

Leganés sí programa música y sería absurdo afirmar lo contrario. En las fiestas de Butarque de este verano actuaron Paul Alone y Enol, además de Café Quijano y Demarco Flamenco. También hubo Festival Radiolé, Orquesta París de Noia y un LOS40 Urban Party XXL con distintos artistas urbanos.

No se trata, por tanto, de negar que exista oferta juvenil. La cuestión está en la escala, la diversidad y el formato. Enol o Paul Alone son propuestas contemporáneas y un Urban Party tiene perfectamente su lugar dentro de unas fiestas. Lo que no resulta equivalente es contabilizar cada uno de los artistas que pasa por una radiofórmula como si el Ayuntamiento hubiera programado un concierto completo de cada uno de ellos.

Un espectáculo colectivo con muchos artistas compartiendo una misma noche tiene una naturaleza distinta a un concierto propio. Eso no convierte el formato en peor; simplemente obliga a comparar cosas comparables. Una aparición dentro de un Urban Party no representa la misma apuesta programática que reservar un escenario y un concierto a Hoke o a Natalia Lacunza.

Y ahora llega San Nicasio. El programa anunciado incluye, entre otros, a Juan Magán, Mägo de Oz, Fangoria, Nancys Rubias, Siempre Así, Paula Mattheus, Besmaya, la Orquesta Panorama y una noche de rock con Kamikazes, Barracuda y Leize. Cadena SER recoge además que Miguel Ángel Recuenco ha presentado el programa como “el mejor cartel musical de los últimos años”. 

A eso se suman unas declaraciones institucionales todavía más ambiciosas. Carlos Delgado ha hablado de “las mejores fiestas de la Comunidad de Madrid”. Recuenco ha subrayado que este año están hechas “con mucho cariño” por el 400 aniversario y ha destacado nombres como Nancys Rubias, Fangoria o Juan Magán. Almudena Jiménez, responsable de Festejos, ha asegurado que San Nicasio debe ser una de esas fiestas que coloquen a Leganés “en el mapa del calendario festivo de la Comunidad de Madrid”.

Precisamente por eso merece la pena tomarlas en serio. Si la ambición declarada es convertir San Nicasio en una referencia regional, el criterio no debería limitarse a acumular actuaciones o llenar el recinto. También cabe preguntarse por la diversidad de la propuesta, su capacidad para representar sensibilidades musicales diferentes y hasta qué punto está conectada con las escenas que existen actualmente a pocos kilómetros de Leganés.

La cuestión no es que Juan Magán, Fangoria o Mägo de Oz sobren. Sería absurdo despreciar a sus públicos para defender a otros. El problema aparece cuando observamos qué hay además de ellos. Paula Mattheus y Besmaya aportan dos propuestas contemporáneas, pero cuesta encontrar en el conjunto del cartel una presencia equivalente de rap actual, electrónica, urbano, pop alternativo o algunas de las nuevas escenas de guitarras que sí aparecen con mucha más claridad en las fiestas de municipios vecinos.

Tampoco tendría sentido preguntar de manera simplista “qué joven quiere ir a ver eso”. Habrá jóvenes que quieran ver a Fangoria y personas de sesenta años que escuchen música recién publicada. Precisamente ese es el argumento: la edad no determina automáticamente el gusto y una programación pública no debería construirse sobre clichés generacionales.

La comparación con Fuenlabrada y Alcorcón sirve porque ambas ciudades muestran otra posibilidad. No porque Leganés tenga que copiar sus carteles ni porque Hoke o Dano sean automáticamente mejores contrataciones. Convertir la política cultural en una competición de cromos sería tan pobre como lo que se pretende criticar. La diferencia está en que sus programas permiten reconocer más escenas y ofrecen más opciones reales dentro de una misma generación, sin abandonar por ello a los públicos de otras edades. 

La comparación relevante está en el sur

No hace falta irse a Pozuelo o Las Rozas para construir esta crítica. La comparación más interesante está mucho más cerca, en ciudades con una historia urbana y social similar a Leganés. Fuenlabrada y Alcorcón comparten con ella su condición de grandes municipios del cinturón metropolitano, una importante población trabajadora y una relación constante con Madrid para acceder a determinados servicios y formas de ocio.

Por eso resulta significativo comprobar que esas ciudades parecen haber asumido con mayor claridad que unas fiestas municipales pueden funcionar como una auténtica programación cultural. No necesitan tener exactamente los mismos artistas que Leganés ni gastar necesariamente más para demostrarlo. Lo relevante es la voluntad de construir noches con identidad propia, combinar géneros y dar entidad a propuestas contemporáneas en lugar de concentrarlas exclusivamente en un formato puntual.

Ahí es donde hablar de pobreza cultural deja de significar “no me gusta el cantante que han contratado”. Puede significar falta de diversidad, repetición de fórmulas, poca renovación o ausencia de una estrategia reconocible para una ciudad que contiene muchos públicos simultáneamente.

La fiesta pública y su progresiva mercantilización

La discusión sobre las fiestas de Leganés tampoco empezó con el actual Gobierno municipal. Algunas dinámicas vienen de antes. Durante la etapa de Santiago Llorente comenzaron a trasladarse grandes actuaciones de Butarque al interior de La Cubierta bajo el argumento de mejorar la seguridad y facilitar el control de accesos. Allí se consolidaron también formatos de macrofiesta y sesiones de DJs hasta la madrugada.

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Fiestas patronales de Leganés, agosto de 1994. Foto: Eduardo Ortega / Archivo Municipal de Leganés.

El hecho de que esta lógica tenga antecedentes no elimina la responsabilidad del gobierno actual sobre su continuidad. Desde la llegada de PP y ULEG, el modelo no se ha desmontado: se ha mantenido como una parte importante de la oferta festiva. No se trata, por tanto, de presentar la mercantilización de determinados espacios festivos como una invención de un único partido, sino de señalar una tendencia que se inició antes y que el actual gobierno ha decidido conservar.

Y, de nuevo, el problema no es una macrofiesta ni que miles de personas quieran pasar la noche bailando con DJs. Esa es una forma perfectamente legítima de disfrutar de unas fiestas. La cuestión son las condiciones en las que una actividad promovida desde lo público termina dependiendo del consumo privado dentro de un recinto controlado.

La imposibilidad de introducir determinadas bebidas, la disponibilidad de agua, las condiciones de ventilación de La Cubierta en pleno agosto o las restricciones de acceso dejan de ser cuestiones secundarias cuando una persona va a pasar varias horas dentro. Una fiesta puede ser gratuita en la puerta y estar fuertemente mercantilizada una vez dentro. Puede haber barras privadas, restricciones sobre lo que se introduce y una organización del espacio en la que cubrir necesidades básicas termine obligando a consumir.

La discusión no es si debe existir una barra. Es cuánto margen conserva una persona para disfrutar de una celebración pública sin que consumir termine convirtiéndose prácticamente en una condición para permanecer en ella.

Una fiesta municipal no es un regalo

Hay algo extraño en la manera en que a veces se presentan este tipo de actuaciones. Se anuncia un concierto gratuito y parece que la ciudadanía deba agradecerlo al Ayuntamiento como si la institución hubiera decidido pagarlo de su bolsillo.

Las fiestas municipales se financian con dinero público. Escenarios, seguridad, limpieza, contratación de artistas, infraestructura y organización salen de recursos colectivos. Por eso los vecinos tienen derecho a debatir qué se programa, qué públicos aparecen representados y qué prioridades culturales está siguiendo su municipio.

Cuando un festival privado tiene un cartel que no interesa, no compras la entrada. Cuando una sala programa algo que no te gusta, puedes elegir otra. Una programación pública funciona de otra manera porque utiliza recursos comunes y ocupa espacios compartidos. No puede satisfacer todos los gustos individuales, pero sí puede exigírsele que aspire a una oferta plural y razonablemente representativa de la ciudad a la que sirve.

Y esa exigencia tiene una dimensión de clase. Quien dispone de recursos puede compensar una mala programación municipal: compra entradas en Madrid, paga festivales y utiliza un Uber para volver de madrugada. Quien tiene menos margen económico depende mucho más de aquello que ocurre gratuitamente cerca de su casa.

Por eso unas buenas fiestas públicas no son una extravagancia. Forman parte de la posibilidad de tener una vida cultural digna independientemente de la renta. Pueden permitir que alguien vea por primera vez a un artista en directo, que una persona mayor baile con una orquesta, que un adolescente acceda a un concierto sin tener que comprar una entrada o que miles de vecinos compartan durante unas horas un espacio que normalmente utilizan de otra manera.

Todo está en Madrid

Durante años hemos normalizado en las ciudades del sur una idea bastante deprimente: si quieres hacer determinadas cosas, te vas a Madrid. El concierto está en Madrid, la exposición está en Madrid, la sesión está en Madrid, el festival está en Madrid. Se coge el transporte, se hace transbordo, se calcula cómo volver de madrugada y se asume ese gasto como parte inevitable de vivir fuera de la capital.

Pero Leganés no es un pequeño núcleo dormitorio. Es una de las grandes ciudades de la Comunidad de Madrid, con universidades, asociaciones, colectivos, artistas y una población suficientemente amplia como para aspirar a una vida cultural propia que no dependa constantemente de desplazarse al centro.

Ahí unas fiestas adquieren también una dimensión simbólica. Durante unos días, una ciudad decide qué espacio concede a la cultura y qué idea tiene de sus propios habitantes. Puede limitarse a cubrir el expediente con una sucesión de actuaciones o puede construir una programación que genere expectación, descubrimiento y sensación de pertenencia.

Programar una ciudad exige conocerla

Y quizá aquí esté una de las cuestiones más importantes de todo el debate: quién programa y cuánto conoce realmente a las personas para las que está programando.

Organizar las fiestas de una ciudad como Leganés no debería consistir únicamente en contratar nombres conocidos, repetir aquello que ya funcionó o repartir el calendario entre una orquesta, una noche de rock y algo denominado “fiesta joven”. Programar cultura requiere criterio, conocimiento del sector y contacto con las escenas que están vivas en ese momento.

Eso exige incorporar al proceso personas de distintas generaciones que conozcan de verdad los circuitos culturales en los que participan sus vecinos. Personas jóvenes que frecuenten salas, conciertos, festivales, sesiones y espacios donde están apareciendo nuevas escenas; pero también gente de otras edades que conozca los gustos, necesidades y formas de ocio de sus propias generaciones. No porque cada una vaya a hablar en nombre de millones de personas, sino justamente porque ninguna persona debería decidir desde fuera qué escucha toda una generación.

Una concejalía de Festejos no tiene por qué saber qué artista acaba de empezar a llenar salas, qué nueva escena electrónica está creciendo, qué grupos están pasando del circuito pequeño a los festivales o qué propuestas interesan a públicos de cincuenta o setenta años. Lo importante es reconocer que ese conocimiento especializado hace falta y rodearse de personas que lo tengan.

Programadores culturales, profesionales del sector, músicos, asociaciones, colectivos locales y vecinos vinculados realmente a distintas escenas pueden ampliar enormemente la mirada de una administración. No para entregarles las fiestas ni para perseguir compulsivamente cualquier tendencia de redes sociales, sino para evitar programar a partir de estereotipos.

Porque tan simplista es pensar que todos los jóvenes quieren una noche de DJs como asumir que toda persona mayor quiere nostalgia, copla o una orquesta. Si quieres programar para una ciudad entera, tienes que escuchar a una ciudad entera.

Y precisamente ahí vuelve a resultar interesante la comparación con Fuenlabrada y Alcorcón. Sus programas no son valiosos porque contengan una lista concreta de artistas que Leganés debería copiar, sino porque dejan ver una mayor capacidad para distinguir escenas, públicos y sensibilidades diferentes. Esa diversidad no aparece por casualidad: para programarla, primero hay que conocer que existe.  

Por eso, cuando Carlos Delgado habla de “las mejores fiestas de la Comunidad de Madrid”, cuando Miguel Ángel Recuenco presenta el programa como “el mejor cartel musical de los últimos años” y cuando Almudena Jiménez aspira a colocar San Nicasio “en el mapa del calendario festivo de la Comunidad de Madrid”, la respuesta no necesita ser una burla. Puede ser mucho más sencilla: tomemos esa ambición en serio y exijamos una programación a su altura.

No quiero unas fiestas exclusivamente para jóvenes, ni unas fiestas que establezcan que un género merece más respeto que otro. Quiero unas fiestas públicas suficientemente buenas como para que puedan encontrarse en ellas generaciones y escenas distintas: una persona que quiera ver a Fangoria y otra que quiera escuchar rap; una orquesta y electrónica; rock y reguetón; propuestas populares, artistas consolidados y música emergente.

Porque la discusión sobre Leganés va mucho más allá de si nos gusta o no el cartel de San Nicasio. Tiene que ver con la ambición cultural de una ciudad, las condiciones en las que disfrutamos de sus fiestas y el derecho efectivo de sus habitantes a participar de la cultura sin que su capacidad económica determine siempre cuánto pueden disfrutarla.

En una ciudad trabajadora, unas buenas fiestas públicas no deberían considerarse un lujo ni algo que agradecer. Son parte de aquello que podemos exigir a una administración que gestiona recursos que pertenecen a todos. Y quizá la pregunta para Leganés sea bastante sencilla: si la programación cultural de sus fiestas está realmente a la altura de la ciudad que la paga y de todas las personas que deberían poder sentirse representadas en ella.

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