Sobre qué significa hablar de cultura cuando alrededor están pasando cosas que no podemos ignorar
Esta mañana, Maricarmen, una mujer de 87 años que llevaba alrededor de setenta viviendo en la misma casa de Madrid, ha sido desahuciada. Durante los últimos meses se habían sucedido las movilizaciones, los intentos de mediación y distintas propuestas para evitar el lanzamiento. Ninguna prosperó. Su caso ha adquirido una visibilidad excepcional, pero sería un error entenderlo como una anomalía: detrás de Maricarmen existen muchas otras personas atravesadas por una crisis de vivienda que condiciona de manera directa quién puede permanecer en esta ciudad y en qué condiciones.
Todo ocurre, además, en un momento especialmente significativo. Madrid acoge estos días The District, uno de los grandes encuentros internacionales de inversión inmobiliaria; hace apenas una semana, el Congreso rechazó tramitar una propuesta de Sumar que planteaba limitar la compra de vivienda por parte de empresas y fondos; el alquiler continúa en máximos históricos de oferta en la capital y sigue abierta la controversia política por la adquisición, mediante una empresa pública madrileña, de un ático de 6,3 millones de euros en Chamberí. Son asuntos diferentes y sería simplista presentarlos como una única cadena causal. Pero todos forman parte de una misma conversación sobre propiedad, vivienda, inversión, prioridades políticas y sobre quién puede permitirse seguir viviendo en Madrid.
Puede parecer extraño empezar hablando de todo esto en un medio cultural. Para mí, es precisamente el motivo para hacerlo.
La política ya estaba dentro
Tenemos cierta tendencia a imaginar la cultura como un territorio separado de la política: hablamos de películas, fotografía, música, exposiciones, literatura o moda y parece que todo lo demás ocurre fuera. Pero esa división es artificial. La política atraviesa la vida cotidiana mucho antes de que aparezca un partido, unas elecciones o una ley. Está en el precio de una vivienda, en el salario, en el tiempo disponible, en el transporte, en las condiciones de trabajo y en las posibilidades materiales que tiene cada persona para participar en la vida de una ciudad.
Y, por supuesto, también atraviesa la cultura.
Raymond Williams, uno de los autores fundamentales de los estudios culturales, defendió que la cultura no debía entenderse únicamente como un conjunto de grandes obras, sino también como una forma de vida. Esa idea resulta especialmente útil ahora: la cultura no sucede suspendida en el vacío, sino dentro de una sociedad concreta, atravesada por sus desigualdades, sus conflictos, sus transformaciones y sus condiciones materiales.
Antes de cualquier película, exposición, concierto o publicación hay personas viviendo dentro de esas condiciones. Quienes crean, quienes programan, quienes escriben, quienes fotografían, quienes montan una exposición, quienes gestionan una sala y quienes intentamos contar todo eso desde un medio no dejamos fuera nuestra realidad cuando entramos en un espacio cultural.
Por eso me cuesta aceptar esa idea de que hablar de vivienda, precariedad o desigualdad en un medio cultural supone abandonar nuestro terreno. En realidad, seguimos hablando de él.
El arte nunca ha estado fuera de su tiempo
La relación entre arte y política tampoco es algo nuevo. Basta mirar hacia atrás. Las guerras, las dictaduras, los movimientos obreros, el feminismo, las luchas antirracistas, la crisis del sida, los movimientos LGTBIQ+, las migraciones o las crisis económicas han transformado las formas de escribir, filmar, fotografiar, componer y representar el mundo. El arte siempre ha absorbido, discutido o combatido el momento histórico en el que se produce.
No significa que todas las obras tengan que convertirse en manifiestos ni que un artista tenga la obligación de responder explícitamente a cada conflicto. El arte necesita también libertad, belleza, juego, evasión y espacios que no estén sometidos constantemente a una utilidad política inmediata. Necesitamos todo eso precisamente porque forma parte de estar vivos.
Pero una cosa es defender la autonomía del arte y otra fingir que existe al margen de su contexto.
Y en ese sentido sí echo de menos más espacios, artistas, galerías e instituciones dispuestos a mirar de frente la realidad en la que estamos viviendo. No necesariamente para ofrecer respuestas, sino para formular preguntas, registrar tensiones, incomodar o romper esa facilidad con la que terminamos normalizando aquello que se repite todos los días.
Estamos viviendo una crisis de vivienda, guerras, precarización, polarización política, desplazamientos, emergencia climática y una transformación tecnológica que está modificando a una velocidad enorme nuestra manera de trabajar, relacionarnos y crear. Sería extraño pensar que todo eso no debería dejar ninguna huella en nuestra producción cultural.
Los medios tampoco miramos desde fuera
Esto afecta también a quienes hacemos medios culturales. Publicamos entrevistas, fotografías, coberturas, críticas, recomendaciones y noticias porque esa es nuestra función y porque creemos profundamente que la cultura merece espacio. Pero editar un medio consiste también en decidir qué merece atención y durante cuánto tiempo.
La velocidad a la que trabajamos puede hacernos olvidar esa capacidad de jerarquizar. Siempre hay otra publicación, otra entrevista, otro concierto, otra exposición, otro estreno. Todo parece urgente y, precisamente por eso, resulta muy fácil entrar en automático.
Hay días en los que creo que hay que romper esa inercia.
No porque el arte haya dejado de importar, sino porque para que podamos hablar de cultura tiene que existir primero una sociedad donde las condiciones básicas de la vida sean sostenibles. Una vivienda, unos ingresos, tiempo, movilidad, derechos. Parece elemental, pero a veces nuestro propio ritmo de trabajo hace que dejemos de mirar aquello que sostiene todo lo demás.
La cultura puede ser refugio, belleza, diversión, celebración y deseo. Puede ofrecer precisamente el espacio que necesitamos cuando fuera todo parece demasiado hostil. Pero no debería convertirse en una burbuja desde la que la realidad deje de verse.
Ahí está, para mí, la diferencia.
Desde dónde llegamos también importa
Hay además algo que atraviesa de manera muy concreta la forma en la que cada persona accede a esa vida cultural: no todos llegamos desde el mismo sitio ni con los mismos recursos.
Yo vengo de Leganés, de una familia trabajadora. Y no lo menciono como una reivindicación identitaria ni para convertirlo en una historia de esfuerzo personal. Lo menciono porque explica algo mucho más sencillo: para participar de una parte importante de la vida cultural madrileña hay quienes invertimos más tiempo, más desplazamientos, más energía y más dinero.
Una entrevista no empieza necesariamente cuando enciendes la grabadora. Puede empezar una hora antes, cuando sales de casa. Una cobertura no son únicamente las dos horas que dura un evento: es el transporte, el coste del desplazamiento, el tiempo de ida y de vuelta, la edición posterior, el trabajo que no se ve. Y esas condiciones varían enormemente dependiendo de dónde vives, cuánto ganas, qué redes tienes y qué tiempo puedes permitirte dedicar.
Eso también es política.
No porque cada trayecto en Cercanías sea una reivindicación ideológica, sino porque las posibilidades de acceso a la cultura están distribuidas de manera desigual. Y cuando hablamos de una “escena” como si todas las personas participáramos en ella desde la misma posición, ocultamos una parte importante de cómo funciona realmente.
Un medio cultural tampoco existe fuera de esas condiciones. Para estar presentes en la agenda de una ciudad hacen falta personas, tiempo, desplazamientos y recursos. La cultura que vemos y la que conseguimos contar depende también de quién puede llegar hasta ella.
La atención también es una decisión
Somos muchos medios culturales en Madrid y todos participamos, de una forma u otra, de una rueda enorme de publicaciones, coberturas y novedades. No creo que el problema esté en esa actividad. Es nuestro trabajo y, además, es necesario que existan espacios dedicados a contar la cultura.
Lo que sí creo que merece una reflexión es qué hacemos cuando algo rompe esa rutina.
Maricarmen no debería importar únicamente porque su desahucio se haya convertido hoy en una noticia visible. Precisamente su caso señala algo mucho más amplio. Hay personas que pierden sus casas, que abandonan barrios, que no pueden asumir un alquiler o que viven bajo una presión económica enorme sin que sus historias ocupen una portada.
Un medio cultural no va a resolver esos problemas y tampoco tiene que fingir que puede hacerlo. Pero sí puede decidir que mirar hacia otro lado no es la única opción disponible.
La atención también es una decisión editorial.
Y hoy creo que toca colocarla aquí.
No porque mañana vayamos a dejar de hablar de música, cine, fotografía, arte o todo aquello por lo que existe DOJO. Sino porque todas esas cosas ocurren dentro del mismo mundo.
La política atraviesa nuestra forma de vivir, trabajar, desplazarnos, crear, consumir y relacionarnos. Atraviesa también la cultura, aunque decidamos no llamarla política.
Por eso hoy hablamos de vivienda.
No a pesar de ser un medio cultural.
Precisamente porque lo somos.




El artículo La cultura es política nos revela como hemos llegado hasta el punto de que una señora de 87 años que lleva viviendo en su casa alrededor de 70 se quede en la calle, no voy a decir el nombre ni la ciudad ya que se generalizado, hemos dado por normal algo que es inaceptable. Desde la literatura, cine, música o religión podemos y debemos mantener una resistencia e intentar cambiar, modificar o eliminar conductas, relatos e incluso leyes y situaciones políticas que atenten contra nuestra dignidad, la política puede cambiar las leyes de una sociedad mucho más rápido de lo que puede cambiar su cultura, pero la cultura puede terminar cambiando la política desde dentro.