La película de Simón Mesa Soto convierte el fracaso del poeta contemporáneo en una reflexión incómoda sobre arte, marginalidad y autodestrucción.
Hemos romantizado la figura del “poeta maldito” como si la autodestrucción fuera un requisito estético imprescindible. Como si el talento necesitara alcohol, violencia o exclusión para volverse auténtico.
Durante décadas, esa figura estuvo sostenida por una paradoja muy seductora: el fracaso social y la ambición estética no eran incompatibles, sino que se reforzaban mutuamente. La exclusión no era solo una condena, podía ser también una forma de oposición simbólica. El fracaso no como un accidente ni una consecuencia – exactamente – sino como una forma de resistencia simbólica frente a la institucionalización de la literatura propuesta – o impuesta – por el capitalismo. La noción de marginalidad literaria puede abordarse desde distintas tradiciones teóricas. Uno de los marcos más influyentes es el propuesto por Pierre Bourdieu en The Field of Cultural Production (1993). Según Bourdieu, la literatura funciona como un “campo autónomo de fuerzas” donde los agentes implicados compiten entre si por capital simbólico. Dentro de ese campo existen, por tanto, posiciones centrales y periféricas. La marginalidad no se reduciría simplemente a la exclusión social, sino a una posición estratégica concreta dentro de la economía simbólica de la cultura.
Desde Charles Baudelaire hasta Arthur Rimbaud, Stéphane Mallarmé, Sylvia Plath o Alejandra Pizarnik, el malditismo fue elevado a mito: el genio incomprendido, el amante violento, el cuerpo consumido, la vida breve pero intensa. Pum muerto a los 27, una pena.
Pero ahí se encuentra totalmente la trampa. Le hemos puesto durante mucho tiempo un marco dorado al sufrimiento y lo hemos convertido en un póster. Hicimos de los cigarrillos un accesorio chulo y del suicidio un epílogo coherente a una vida de sinsabores. Una narrativa tan seductora que olvidamos el precio real: la pobreza, las adicciones, el aislamiento, el dolor y la autodestrucción.
No hay nada glamuroso en la enfermedad. No hay épica en la miseria y esto lo muestra perfectamente A Poet (2023), dirigida por Simón Mesa Soto, cuyo protagonista, Óscar Restrepo, encarna la figura del poeta maldito contemporáneo.

Restrepo no es un heredero pleno de esa tradición maldita, sino un residuo que ha quedado con el tiempo. Comparte sus signos externos – la precariedad, la obsesión, el aislamiento -, pero completamente vaciados de lo que era su esencia. La realidad es que nadie romantiza el olor real del alcohol rancio. Nadie romantiza despertarse solo. Nadie romantiza la violencia cuando deja de ser metáfora y se vuelve tu propio cuerpo. La película insiste ahí: en qué lo que hemos mitificado durante tanto tiempo es, en realidad, una vida que nadie anhelaría compartir.
«Renuncio a la vida. Renuncio a la poesía. Renuncio a todo.»
Pero incluso esa renuncia suena distinta viniendo de Restrepo. No hay gesto trágico ni voluntad de ruptura. No hay pensamientos visionarios ni un escándalo. Su fracaso no es heroico ni maldito: es rutinario y repetitivo. Y ahí está el verdadero desplazamiento que propone la película frente a la tradición del mito. La marginalidad ya no funciona como una posición significativa dentro del campo cultural – como pensaría Pierre Bourdieu – ni como una forma de desestabilizar la norma – como en Gilles Deleuze y Félix Guattari -. En A Poet, la marginalidad no produce nada. Es pura inercia, una simple consecuencia después de una serie de decisiones.
Óscar no está para incendiar el mundo sino, más bien, sobrevivirlo – mal que bien -. No busca el escándalo ni la posteridad. Quiere escribir. Y quizás – lo más radical de todo en estos tiempos – quiere escribir, por fin, un poema feliz. Y aquí la película introduce un giro inesperado en toda esta tradición. El mito nos enseñó que la felicidad es superficial, que el sufrimiento otorga profundidad moral y artística. Pero A Poet sugiere lo contrario: que elegir la alegría, después de todo, puede ser un acto de resistencia más subversivo que cualquier gesto autodestructivo pseudopoético.
Quién no ha pensado que para escribir algo verdadero había que romperse un poco. Tal vez, al igual que Óscar, hemos romantizado durante mucho tiempo nuestro propio malestar. Tal vez hemos protegido ciertas tristezas porque nos hacían más interesante. Más profundos y, por supuesto, más “artistas”.
¿Cuántas veces una se aferra a la herida porque teme que, si cicatriza, también desaparezca la voz?
«Qué sería de mi…«
¿Y si el verdadero gesto maldito fuera negarse a la maldición? Tal vez hemos confundido la intensidad y la verdad. Tal vez el mayor acto de rebeldía sea quedarse. Cuidarse.
Escribir, por fin, desde un lugar que no huela a sangre.


