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Raúl Serrano llama a España: folclore, barrio y disidencia en su debut SS27

Con Llámame España!, Raúl Serrano llevó al Teatro Alcázar una colección construida desde sus raíces, el costumbrismo español y quienes históricamente han quedado fuera de sus representaciones. Entre religión, fútbol, toros, barrio y memoria familiar, su debut también dejó al descubierto la realidad material que sostiene a buena parte de la moda emergente.

España puede ser una mantilla y una camiseta de fútbol, una procesión y una moto, un vestido de lunares, un carrito de la compra o un banco de parque lleno de pipas. Puede estar en un traje de luces, en una boda, en una caja de naranjas y también en aquellos cuerpos que durante décadas apenas han aparecido cuando se ha decidido cómo debía representarse el país. Desde esa acumulación de imágenes, pero sobre todo desde su propia biografía, Raúl Serrano construye Llámame España! SS27, su colección debut, presentada en el Teatro Alcázar de Madrid.

De Ciudad Lineal al Teatro Alcázar

La propuesta comenzó a tomar forma a finales de 2025 y quedó terminada en mayo. Pero para Serrano acabar las prendas no significaba acabar el proyecto: quería llevarlas a una pasarela y construir alrededor de ellas una escena capaz de sostener todo su imaginario. La colección parte de unas raíces que el diseñador reivindica como fundamentales para entender su trabajo. Sus abuelos paternos fueron bailaores flamencos gitanos y él creció en Ciudad Lineal, en las Colmenas del Carmen, dentro de un entorno humilde que se filtra directamente en su manera de mirar aquello que llamamos tradición.

Por eso Llámame España! no utiliza los códigos españoles como una acumulación superficial de tópicos. El diseñador trabaja con símbolos que reconoce como propios, pero los enfrenta a la pregunta de quién ha tenido históricamente derecho a ocuparlos. Entre sus referencias aparece también José Luis Manzano, uno de los rostros fundamentales del cine quinqui español y una figura que Serrano señala como especialmente importante durante el proceso creativo. A partir de ahí, toma distintos arquetipos del costumbrismo español del siglo XX para trasladarlos a cuerpos y sensibilidades que tradicionalmente han quedado fuera de ese relato.

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Quién tiene derecho a representar España

“Aunque esa no sea la España que quieren mostrar, también lo somos”, explicaba Serrano tras el desfile al hablar de las personas queer, las identidades disidentes y las mujeres que no responden al modelo femenino tradicional. Esa frase contiene buena parte del sentido de la colección. Llámame España! no pretende desprenderse de la tradición, sino discutir quién puede apropiársela, llevarla sobre el cuerpo y reconocerse también dentro de ella.

Los personajes siguen siendo reconocibles: la novia, el torero, el futbolista, el militar, las figuras vinculadas a la religión o la mujer vestida de lunares continúan ahí, pero dejan de responder exactamente a los códigos que históricamente los han definido. El crochet aparece convertido en capirotes, máscaras, velos o prendas que descubren el cuerpo; el traje taurino modifica sus proporciones hasta enseñar el abdomen; el vestido de novia se vuelve transparente; la camiseta de fútbol abandona las gradas para entrar en la pasarela y los códigos militares pierden parte de su rigidez al mezclarse con pieles, plataformas y siluetas que los desplazan de su contexto original.

El costumbrismo llevado al cuerpo

El mismo movimiento ocurre con la mantilla, los lunares, los abanicos y otras referencias tradicionalmente asociadas al imaginario español. Serrano no busca reproducirlas con fidelidad ni preservarlas intactas, sino utilizarlas como materiales que se pueden desmontar, exagerar y reconstruir. Lo religioso convive con lo sexual, lo solemne con lo irreverente y lo tradicional con códigos urbanos y contemporáneos. La contradicción no es un problema a resolver: es precisamente el lugar desde el que se construye la colección.

Pero Llámame España! también mira hacia elementos aparentemente menores. El carrito de la compra, las cajas de fruta, la moto, las pipas o el banco de parque entran en el mismo archivo visual que el traje de luces o la iconografía religiosa. Ahí aparece una lectura especialmente interesante del costumbrismo: España no está únicamente en sus grandes ceremonias ni en aquellos símbolos que han adquirido categoría de patrimonio. También está en el barrio, en sus objetos, en la calle y en escenas cotidianas que normalmente permanecen fuera de los espacios legitimados de la moda.

La pasarela como escenario

La elección del Teatro Alcázar terminó de convertir esa idea en algo más próximo a una representación que a una sucesión convencional de looks. Los modelos habitaban el escenario. Un banco, flores esparcidas por el suelo, un gran altavoz y distintas acciones construían una especie de plaza imaginaria en la que todos aquellos personajes terminaban encontrándose. Una mujer de lunares podía permanecer sentada bajo el foco mientras una novia atravesaba el espacio cubierta por una gran superficie de tul y figuras atravesadas por referencias futbolísticas, religiosas o militares iban formando parte del mismo paisaje.

El teatro permitía además invertir simbólicamente algunas de las jerarquías sobre las que trabaja la colección. Serrano hablaba después de la posibilidad de hacer grandes, sobre ese escenario, a personas habitualmente relegadas a lugares más pequeños. Y esa ocupación del espacio resulta central en el desfile: no se trata únicamente de vestir de otra manera unos símbolos heredados, sino de colocar en el centro a quienes históricamente no siempre han sido considerados parte legítima de ellos.

La precariedad detrás del desfile

Sin embargo, detrás de la escala del Alcázar existe una realidad mucho menos espectacular. El propio diseñador no intenta ocultarla. “La moda no da dinero, no nos da dinero a los talentos emergentes”, explicaba después de presentar la colección. Durante los meses previos al desfile tuvo que compaginar su trabajo como estilista freelance y director creativo con empleos completamente ajenos a la industria para poder financiar el proyecto, entre ellos trabajar como monitor en un circo.

La precariedad condicionó incluso cuándo podía presentarse la colección. Serrano reconoce que habría podido desfilar meses antes si hubiera contado con los recursos económicos necesarios: “No lo he hecho porque no había moneda”. La frase, pronunciada casi con naturalidad, rompe bastante bien con la imagen final de un desfile en un gran teatro. Antes de llegar a ese escenario hay meses de trabajo, cuotas de autónomos, producción, prendas y gastos que un creador emergente tiene que asumir mucho antes de saber si podrá recuperar algo de lo invertido.

Por eso una de sus aspiraciones después de este debut resulta tan elemental como reveladora: “Quiero que la industria de la moda sea un lugar en el que pueda vivir”. No habla únicamente de continuar diseñando, sino de poder hacerlo sin necesitar financiar su permanencia en la industria mediante trabajos externos. Su experiencia señala una contradicción habitual de la moda emergente: se exige una producción profesional, una imagen reconocible y colecciones capaces de competir dentro de la industria, mientras las condiciones económicas para construirlas continúan siendo extremadamente frágiles.

Ocupar el centro

Esa realidad material no queda desconectada del discurso de Llámame España!. Si la colección pregunta quién puede ocupar determinados símbolos y espacios, su propio proceso evidencia que las barreras no son únicamente culturales. También son económicas y de clase. Llegar hasta el escenario forma parte de la historia tanto como aquello que finalmente desfila sobre él.

En Llámame España! conviven así la herencia flamenca de sus abuelos, Ciudad Lineal, el cine quinqui, la Semana Santa, el fútbol, los toros, las bodas, los bancos de barrio y todas las contradicciones que aparecen al intentar condensar una identidad nacional en unas pocas imágenes. Pero Serrano introduce además dentro de ese imaginario a quienes durante mucho tiempo fueron situados en sus márgenes y reivindica que también pueden reconocerse en él.

En su debut, Raúl Serrano no intenta encontrar una definición limpia de España. Prefiere tomar sus símbolos, cruzarlos con su propia memoria y colocarlos sobre cuerpos que alteran el significado que parecían tener asignado. Llámame España! termina funcionando menos como una respuesta que como una disputa por la representación: no solo pregunta qué imágenes construyen España, sino también quién ha podido aparecer históricamente dentro de ellas y quién reclama ahora el derecho a hacerlo.

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